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28.12.25

Combate a criminalidad en países socialistas

Para efectos de referencia solicitamos a ChatGPT información de como se trata la criminalidad en países socialistas: China, Vietnam, Laos, Corea del Norte, Cuba; hechos y leyes. 

Presentamos la respuesta, literal, entre comillas.
"(...) una síntesis comparada y documentada sobre cómo se aborda la criminalidad en países socialistas o de partido único —China, Vietnam, Laos, Corea del Norte y Cuba— poniendo énfasis en enfoques estructurales, leyes, instituciones y hechos verificables, más que en juicios ideológicos.
 
1. Enfoque general en países socialistas
Aunque existen diferencias importantes entre estos países, comparten algunos rasgos estructurales comunes en el tratamiento de la criminalidad: Primacía del orden social y la estabilidad política. Se prioriza la prevención social sobre el castigo meramente penal. El delito no se concibe solo como un acto individual, sino como una amenaza al orden colectivo y al proyecto político.
Fuerte rol del Estado. Policía, fiscalías y tribunales están subordinados al poder político central. No existe plena separación de poderes al estilo liberal.
Baja tolerancia a delitos considerados “antisociales”. Corrupción, narcotráfico, crimen organizado, delitos económicos y políticos reciben penas severas.
Control social y comunitario. Uso de organizaciones de base (comités, sindicatos, partidos) para vigilancia y prevención.

2. China
Marco legal. Código Penal de la República Popular China (1997, reformado múltiples veces). Sistema judicial bajo liderazgo del Partido Comunista Chino (PCCh).
Tratamiento de la criminalidad. Altísima severidad penal para: Corrupción (incluye pena de muerte en casos graves), Narcotráfico, Terrorismo, Crimen organizado. Uso extensivo de: Vigilancia tecnológica (cámaras, reconocimiento facial, big data). Control administrativo preventivo.
Hechos relevantes:: Tasas de homicidio muy bajas en comparación internacional. Campañas periódicas como “Strike Hard”, con juicios rápidos y penas ejemplares. Críticas internacionales por: Detenciones administrativas. Falta de debido proceso en algunos casos.
 
3. Vietnam
Marco legal: Código Penal de Vietnam (2015, reformado 2017). Partido Comunista como fuerza dirigente del Estado.
Tratamiento de la criminalidad. Enfoque preventivo y comunitario, especialmente en delitos comunes. Penas severas para: Corrupción estatal. Delitos contra la seguridad nacional. Pena de muerte aún vigente (uso limitado).
Hechos relevantes: Bajos niveles de criminalidad violenta. Amplio uso de comités populares locales para mediación y control social. Control estricto de delitos políticos y de expresión considerados “subversivos”.
 
4. Laos
Marco legal: Código Penal Lao (revisado en 2017). Estado socialista de partido único.
Tratamiento de la criminalidad: Sistema penal menos desarrollado institucionalmente. Prioridad en: Orden público. Delitos contra el Estado. Narcotráfico (Laos está en región del “Triángulo de Oro”).
Hechos relevantes: Criminalidad violenta relativamente baja. Alta discrecionalidad policial. Limitada transparencia judicial.
 
5. Corea del Norte
Marco legal: Código Penal de la RPDC (reformas en 2004, 2009, 2015). Sistema jurídico totalmente subordinado al Partido del Trabajo y al liderazgo supremo.
Tratamiento de la criminalidad: Criminalización de conductas políticas, ideológicas y económicas. Delitos comunes y políticos se mezclan. Penas extremadamente severas: Campos de trabajo. Prisión de larga duración. Castigos colectivos (familiares).
Hechos relevantes: Criminalidad común visible es muy baja. Control social total: Vigilancia vecinal. Restricciones de movilidad. El delito se interpreta como desviación ideológica.
 
6. Cuba
Marco legal: Código Penal cubano (Ley 151/2022). Sistema judicial bajo principios socialistas.
Tratamiento de la criminalidad. Tradicionalmente: Baja criminalidad violenta. Fuerte prevención comunitaria. Endurecimiento reciente en: Delitos económicos. Delitos contra el orden constitucional. Policía con presencia territorial amplia.
Hechos relevantes: Uso de organizaciones de masas (CDR) para prevención. Incremento de delitos comunes en contexto de crisis económica. Penalización estricta de protestas consideradas ilegales.
 
7. Comparación sintética

País                        Severidad penal    Control social        Pena de muerte                   Delitos políticos
China                     Muy alta                 Tecnológico              Sí                                    Muy penalizados
Vietnam                 Alta                         Comunitario             Sí                                         Penalizados
Laos                       Media                     Tradicional               Sí                                         Penalizados
Corea del Norte     Extrema                  Total                         Sí                                         Centrales
Cuba                      Media-alta               Comunitario             Sí (suspendida de facto)     Penalizados

8. Balance analítico (desde economía política)
Ventajas del modelo socialista: Baja criminalidad violenta. Fuerte capacidad de control estatal. Prevención basada en cohesión social.
Limitaciones y críticas: Débil debido proceso. Criminalización de la disidencia. Confusión entre delito común y delito político."
Nota: Jurídicamente (de jure) existe en el Código Penal de Cuba, pero de hecho (de facto) esta suspendida, según lo consultado. EH.
Consulta a ChatGPT. 12/27/2025

23.9.25

Interpretación usual y actual del concepto de países socialistas


Actualmente, cuando hablamos de países socialistas hay que distinguir entre:
  1. Estados gobernados oficialmente por partidos comunistas (marxista-leninistas), que en sus constituciones se definen como “socialistas”.
  2. Países que se autodefinen socialistas en sus constituciones o ideologías, aunque tengan economías mixtas o reformas de mercado.
  3. Estados con gobiernos socialistas en sentido amplio (partidos socialistas o socialdemócratas en el poder), pero que mantienen un sistema capitalista de mercado.
1. Países oficialmente socialistas (con partido comunista en el poder)
Al 2025, los reconocidos internacionalmente son:
China (República Popular China) – Partido Comunista de China.
Cuba (República de Cuba) – Partido Comunista de Cuba.
Vietnam (República Socialista de Vietnam) – Partido Comunista de Vietnam.
Laos (República Democrática Popular Lao) – Partido Revolucionario Popular Lao.
Corea del Norte (República Popular Democrática de Corea) – Partido del Trabajo de Corea.

2. Países que se autodenominan “socialistas” en su constitución
Nepal: su constitución de 2015 define al país como una “República Democrática Federal Socialista”, aunque es un sistema multipartidista con economía mixta.
Nicaragua: el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) gobierna y se presenta como socialista, aunque el país tiene economía de mercado.

3. Otros casos con gobiernos socialistas (pero no sistemas socialistas)
En muchos países existen partidos socialistas o socialdemócratas en el poder (ej. España, Portugal, Noruega, Chile, Brasil en ciertos períodos), pero sus economías siguen siendo capitalistas, por lo que no se consideran “Estados socialistas”.

Hoy, solo 5 países mantienen un sistema socialista de partido único: China, Cuba, Vietnam, Laos y Corea del Norte. Otros como Nepal y Nicaragua se declaran socialistas en sus constituciones o en su discurso político, pero no funcionan bajo el modelo de partido único comunista.

Consulta a ChatGPT. Revisado. Las concepciones del autor del blog no necesariamente coinciden con la consulta. 09/23/2025

29.8.25

Sobre filosofía económica del Socialismo en el Siglo XXI



Socialismo contemporáneo: entre Smith y Saint-Simon
Índice inicial
1. Introducción
2. El socialismo del siglo XXI y sus dilemas filosóficos
3. La mano invisible de Adam Smith
4. Saint-Simon y el principio de justicia del trabajo
5. El vínculo dialéctico entre beneficio individual y justicia social
6. La experiencia china: hacia la prosperidad común
7. Conclusión

1. Introducción
El socialismo del siglo XXI, especialmente el que se desarrolla en China, no es un producto espontáneo ni improvisado. Es el resultado de un proceso histórico de acumulación de prácticas y experiencias en el ámbito político, económico y social. La experiencia soviética, las reformas en Europa del Este y la evolución particular del modelo chino han configurado un escenario en el cual surge la necesidad de formular una nueva teoría socialista.
Esta teoría, sin embargo, enfrenta una serie de problemas filosóficos de fondo que no pueden resolverse únicamente desde la práctica política o económica. Entre ellos, se destacan dos dilemas centrales:
¿Cómo aprovechar el principio de la motivación individual y el beneficio propio como motores de desarrollo?
¿Cómo garantizar que ese desarrollo se traduzca en beneficio colectivo y justicia social?
Para responder a estas preguntas, es necesario examinar y vincular dos tradiciones intelectuales fundamentales: la teoría liberal de Adam Smith y la propuesta proto-socialista de Saint-Simon.

2. El socialismo del siglo XXI y sus dilemas filosóficos
La teoría socialista contemporánea reconoce que, para consolidarse, no basta con contraponerse al capitalismo. Es imprescindible replantear la relación entre individuo y sociedad. En la historia del pensamiento moderno, esta tensión ha sido formulada de manera paradigmática por Smith y Saint-Simon, cuyas visiones, aparentemente irreconciliables, expresan las fuerzas que hoy deben integrarse en un nuevo marco teórico.

3. La mano invisible de Adam Smith
Adam Smith, en La riqueza de las naciones (1776), defendió la idea de que cada individuo, al perseguir su propio beneficio, contribuye indirectamente y sin proponérselo al bienestar de la sociedad. Este mecanismo espontáneo, al que denominó “mano invisible”, se basa en la competencia y en la libertad de mercado capitalista (recordemos que existen históricamente y geográficamente, mercados no capitalistas).
La lógica de Smith sostiene que la búsqueda del interés personal impulsa a los individuos a innovar, producir más y mejor, y masificar la producción y la comercializaci{on lo que genera efectos positivos para toda la comunidad. La iniciativa privada y la libertad individual, en este sentido, no son obstáculos para la sociedad, sino motores de su progreso.
Sin embargo, esta concepción parte del supuesto de que es posible regular el mercado capitalista, o que este es capaza de autorregularse y que la competencia evita los abusos y que al final resulta una elevación de la calidad, cantidad, diversidad, masificación de productos y reducción de precios. En la práctica, la historia ha mostrado que la inflación es consustancial al capitalismo, asimismo la acumulación de riqueza y creciente pobreza, y los monopolios y la explotación humana son consecuencias de esta misma dinámica.

4. Saint-Simon y el principio de justicia del trabajo
En contraposición, Saint-Simon planteó a comienzos del siglo XIX una visión distinta del orden social. Para él, el progreso humano dependía de la cooperación racional y de la organización colectiva de la producción, no de la competencia desenfrenada.
Su principio rector puede resumirse en la fórmula: “A cada quien según su capacidad; a cada cual según su trabajo.” Esto significa que los derechos y beneficios de los individuos deben estar ligados a su esfuerzo productivo y a sus capacidades reales, y no simplemente a la herencia o a la propiedad privada. Saint-Simon concebía una sociedad en la que científicos, técnicos y trabajadores desempeñaran un papel central en el progreso social.
Esta concepción inspiró a Marx y Engels, quienes radicalizaron la propuesta en una crítica al capitalismo: los individuos aportarían según su capacidad y recibirían según sus necesidades en una sociedad comunista que elevaría los niveles de producción a tal grado de satisfacción de las necesidades. Así, Saint-Simon abrió la puerta a una reflexión sobre la justicia social que sigue siendo central en las teorías socialistas.

5. El vínculo dialéctico entre beneficio individual y justicia social
En nuestra opinión el reto actual del socialismo no consiste en optar entre Smith o Saint-Simon, sino en vincular dialécticamente ambos principios en el proceso de construcción revolucionaria del Socialismo.
Si se privilegia únicamente la lógica smithiana, se corre el riesgo de reproducir un modelo desigual que concentra la riqueza en pocas manos.
Si se privilegia exclusivamente la lógica saint-simoniana, se puede caer en un colectivismo rígido que ahogue la creatividad individual y reduzca los incentivos.
La clave, al parecer, es diseñar instituciones que permitan que la iniciativa personal y la búsqueda del beneficio individual se traduzcan en un bienestar compartido, y que la cooperación social no anule sino que potencie la creatividad, la innovación y la creciente elevación de niveles de calidad, cantidad, diversidad y masificación de producción y consumo.
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6. La experiencia china: hacia la prosperidad común
La experiencia china en las últimas décadas constituye un ejemplo de este intento de síntesis. Bajo el concepto de “socialismo con características chinas”, también denominado "socialismo de mercado" o, "socialismo con mercado" como decía muy agudamente el Padre Ibisate, de la UCA de El Salvador, ya fallecido. La República Popular China ha promovido la iniciativa privada, la competencia y la apertura al mercado capitalista, pero siempre bajo la dirección del Estado y con un horizonte de prosperidad común.
El principio es claro: la riqueza generada por algunos sectores debe convertirse en un recurso que beneficie al conjunto de la sociedad. De esta manera, se intenta equilibrar el dinamismo de la iniciativa individual con la necesidad de justicia social.
Este modelo no está exento de tensiones ni contradicciones, pero representa un esfuerzo por resolver el dilema filosófico que se encuentra en el centro del debate socialista contemporáneo.

7. Conclusión
El socialismo del siglo XXI necesita construir una nueva teoría que resuelva el dilema filosófico planteado entre Adam Smith y Saint-Simon. No se trata de elegir entre la mano invisible o la justicia del trabajo, sino de construir una síntesis superior que articule ambos principios.
El desafío consiste en garantizar que la búsqueda del beneficio individual no derive en egoísmo destructivo y que la organización colectiva no anule la libertad creativa. Solo mediante esta síntesis dialéctica será posible avanzar gradual y/o radicalmente hacia un sistema y/o modelo económico-político alternativo al capitalismo global, capaz de responder a los desafíos sociales, económicos y ambientales del presente.

8.5.25

Para un concepto actualizado de Socialismo, según ChatGPT


Socialismo, trabajo y tecnologías emergentes: hacia una economía de mercado socializada
El pensamiento socialista ha mantenido desde sus orígenes una concepción profundamente ética del trabajo humano. A diferencia del capitalismo, que lo reduce a mercancía sujeta a la ley de la oferta y la demanda, el socialismo parte del principio de que el trabajo es una actividad fundante del ser social, un medio a través del cual el individuo no sólo transforma el mundo sino que se realiza como ser humano. En esta concepción, el trabajo no es únicamente un medio de subsistencia, sino la base de la diferenciación social legítima. De allí la conocida máxima socialista: “De cada cual según su capacidad, a cada cual según su trabajo”, expresión que resume el ideal de una distribución proporcional, meritocrática y justa en una sociedad aún en tránsito al comunismo [1].

I. Trabajo, justicia y parasitismo social
En este marco, el socialismo busca combatir una de las formas más persistentes de desigualdad: el parasitismo económico, es decir, la existencia de la burguesía y sobre todo la oligarquía, como clase y capa social que viven del trabajo ajeno, ya sea por la tenencia o herencia de la propiedad privada sobre los medios de producción, por rentas especulativas o por mecanismos institucionalizados de extracción de plusvalor. Esta crítica ha sido central tanto en los escritos de Karl Marx como en los desarrollos posteriores de Lenin, Rosa Luxemburgo o Antonio Gramsci [2]. La lucha contra el parasitismo no es sólo económica, sino moral: se trata de construir una sociedad donde toda persona tenga derecho al producto de su trabajo, en igualdad de condiciones para su desarrollo material y espiritual.

Esta aspiración no implica igualitarismo plano ni estatismo absoluto, sino una forma de justicia distributiva orientada al mérito y la necesidad social. Como señaló Ernesto “Che” Guevara, “el trabajo voluntario, creativo y consciente” debía ser el motor del hombre nuevo, opuesto al incentivo económico individualista como única fuente de motivación [3]. En esta línea, el socialismo no anula las diferencias, sino que las legitima en función del aporte social, y no de la propiedad.

II. Las revoluciones tecnológicas y la obsolescencia del paradigma del empleo
Con la irrupción de la cuarta revolución industrial, caracterizada por la inteligencia artificial, la robótica, el big data y la automatización generalizada de procesos, se abre un escenario de transformación radical en las relaciones de producción. La capacidad productiva de la humanidad ha alcanzado un punto tal que podría, en términos objetivos, garantizar las necesidades básicas de toda la población mundial. La producción de bienes y servicios no requiere ya de la misma intensidad de trabajo humano que en épocas anteriores, y cada vez más se plantea la obsolescencia del empleo como única fuente de ingreso [4].
Aquí emerge una paradoja fundamental: si la productividad crece gracias a tecnologías que minimizan el trabajo humano, ¿cómo se justifica que millones de personas estén desempleadas o vivan en la pobreza, mientras unos pocos concentran los frutos de ese incremento de productividad? La respuesta reside en la forma en que se apropian socialmente los frutos del progreso técnico. Mientras la propiedad de los algoritmos, las plataformas y las máquinas siga siendo privada, el excedente que estas generan continuará acumulándose en manos de una élite, profundizando la desigualdad [5].

III. Más allá del estatismo: mercado socializado y propiedad común del conocimiento
Esta situación no obliga necesariamente a regresar a un modelo estatista rígido o a un socialismo burocrático. Por el contrario, puede abrir el camino hacia una nueva síntesis entre planificación social y mecanismos de mercado, donde la lógica de acumulación privada sea reemplazada por una lógica de socialización de los frutos del progreso. Esto no significa abolir el mercado, sino reorientarlo. El mercado, como mecanismo de coordinación descentralizada, puede seguir cumpliendo funciones útiles en la asignación de recursos y la innovación, pero debe operar bajo reglas que prioricen el bienestar colectivo y no la rentabilidad privada [6]. Supuestamente este proceso experimental e históricamente esta sucediendo en China con el denominado "socialismo de mercado", por ejemplo.
Un ejemplo de esta orientación sería concebir a las plataformas tecnológicas no como empresas privadas que capturan solamente ganancias para sus propietarios, sino como bienes comunes digitales, gestionados democráticamente y cuyas rentas además de las privadas, puedan alimentar políticas públicas como la renta básica universal. En este sentido, autores como Paul Mason (2015) o Nick Srnicek (2016) han planteado la necesidad de socializar el conocimiento, los algoritmos y las infraestructuras digitales, como condición para un desarrollo verdaderamente democrático y sustentable [7].

IV. El socialismo como horizonte civilizatorio
El horizonte del socialismo, por tanto, se redefine a la luz de los desafíos contemporáneos. Ya no se trata sólo de la socialización de las fábricas y las tierras, sino también de socializar el saber, la tecnología y los datos, que son hoy los principales vectores de poder. El trabajo humano, aunque reducido en volumen, puede recuperar su centralidad en tanto que actividad creativa, colaborativa y orientada a elevar los niveles de existencia y las proyecciones de toda la sociedad. La distribución de la riqueza no debería basarse ya únicamente en el tiempo trabajado, sino en el derecho de toda persona a participar del patrimonio tecnológico y cultural acumulado por la humanidad.
En este marco, se puede pensar una economía socialista de mercado, donde existan empresas privadas, cooperativas y estatales que compitan bajo reglas que garanticen la equidad, la inclusión y la sostenibilidad. Se trataría de sustituir la competencia destructiva por una competencia por la eficiencia social, medida no por el beneficio privado exclusivamene, sino por la capacidad de satisfacer necesidades humanas reales.

Notas
[1] Marx, K. (1875). Crítica del Programa de Gotha.
[2] Gramsci, A. (1971). Cuadernos de la cárcel; Luxemburgo, R. (1913). La acumulación del capital.
[3] Guevara, E. (1965). El socialismo y el hombre en Cuba.
[4] Schwab, K. (2016). La cuarta revolución industrial. Debate.
[5] Srnicek, N. (2016). Capitalismo de plataformas. Caja Negra.
[6] Van Parijs, P. & Vanderborght, Y. (2017). Renta básica. Una propuesta radical para una sociedad libre y una economía sensata. Paidós.
[7] Mason, P. (2015). Postcapitalismo: Hacia un nuevo futuro. Penguin Random House.

ChatGPT. Consultado, revisado, ordenado, corregido en algunos puntos. EH. 05-09-2025

25.5.23

Origen del principio socialista del trabajo


El principio socialista de "a cada quién según su trabajo y de cada cual según su capacidad" tiene su origen en las ideas de los primeros pensadores socialistas, como Henri de Saint-Simon, Louis Blanc y Étienne Cabet, que proponían una sociedad basada en la cooperación, la igualdad y la justicia. Estos autores defendían que cada persona debía contribuir al bien común según sus habilidades y recibir una recompensa acorde a su esfuerzo. De esta forma, se eliminaba la explotación capitalista y se garantizaba el derecho a las necesidades básicas de todos los seres humanos.
Este principio fue retomado por Karl Marx en su Crítica del Programa de Gotha, donde lo contrapuso al principio burgués de a cada cual según su aporte. Según Marx, este último principio aún conservaba el sello de la vieja sociedad capitalista, pues no aseguraba la igualdad real entre los individuos, que tenían capacidades y situaciones diferentes. Por eso, Marx planteó que, en la fase superior de la sociedad comunista, el principio que debía aplicarse era el de "a cada cual, según sus necesidades", que implicaba una distribución más equitativa y solidaria de la riqueza colectiva.
El principio socialista de "a cada quien, según su trabajo y de cada cual según su capacidad" ha sido defendido por diversos movimientos y corrientes políticas a lo largo de la historia, como el socialismo utópico, el anarquismo, el socialismo democrático y el marxismo-leninismo.

5.9.15

Socialismo...¿Utópico?

*
Socialismo...¿Utópico? 

Engels nos presenta una definición del Socialismo Utópico, que expresado en sentido contrario, podría definirse como la corriente socialista sin teoría de la plusvalía. Se asume por parte de Engels que la teoría de la plusvalía es “la” y no “una” teoría científica de la economía y la sociedad, por ello, los planteamientos de los socialistas anteriores a Marx, eran ideales, ideologizados, no científicos; eran utópicos basados en buenos deseos y no en buenas investigaciones científicas. 

Las razones por las cuales plantea Engels, los socialistas utópicos no constituyeron un socialismo científico, son esencialmente, por el hecho de que las condiciones históricas en que vivieron no les posibilitaron observar el papel del proletariado industrial, por un lado, y por otro, no tuvieron la capacidad de abstracción de Marx, para penetrar con más profundidad en las causas y efectos del movimiento social y económico que observaban y en el que también participaban. 

Evaristo Hernández

16.2.15

Sobre el Socialismo EN el Siglo XXI

*

El Socialismo en el Siglo XXI

El Socialismo es un sistema social y económico que irrumpió en la historia de la humanidad a principios del siglo XX. A finales del mismo siglo sucumbió como tal cuando en su núcleo central, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, URSS, tenía 15 Repúblicas, más de 22 millones de kilómetros cuadrados, cerca de 300 millones de habitantes, era la segunda potencia mundial con el Partido Comunista más poderoso de la tierra compuesto de cerca de 40 millones de militantes. Y esta realidad socialista se disolvió en cerca de cinco años a finales del Siglo XX curiosamente sin el derramamiento de sangre que tuvieron otros cambios revolucionarios del sistema económico como la disolución del Imperio Romano, la Revolución Francesa y la Independencia de las colonias de América. Ahora, han quedado algunos países que impulsan su sistema económico basado en los principios del Socialismo del siglo XX, uno sumamente exitoso como China, segunda potencia mundial a punto de rebasar a Estados Unidos y otros soportando el peso de formas de gobierno que parecen residuos del despotismo asiático como Corea del Norte que lleva tres generaciones de liderazgo de una sola familia gobernante y con grandes dificultades económicas como Cuba, que angustiosamente lucha entre períodos de austeridad y bloqueo económico sistemático siendo la primera revolución socialista del hemisferio occidental.

En todas las realizaciones del ser humano, los buenos resultados son generalmente una acumulación de intentos fallidos. La posibilidad del acierto del socialismo seguramente se asienta en la serie de errores que constituyen lecciones de la historia.

Para sincronizarse con las leyes de la historia el ser humano tiene que hacer acopio de su capacidad teórica y práctica, combinando el conocimiento de las leyes de la sociedad con su finalidad consciente, su idealismo se convierte en una posibilidad real y en una fuerza física que actúa forjando correlaciones de fuerzas políticas para tomar, conquistar, mantener y también perder y recuperar el poder del Estado en la eterna búsqueda de una sociedad armoniosa camino trazado entre otros por el viejo Platon.

Esta lucha entre capitalismo y socialismo, los dos sistemas económicos de nuestro tiempo, esta vigente. Fortalecido uno y debilitado el otro, pero ambos con heridas todavía sangrantes, con cicatrices, intereses y comportamientos, individuales y colectivos, voluntarios e involuntarios han continuado la dura lucha entre cambios de gobiernos, acuerdos y desacuerdos de paz y de guerra, golpes de Estado, guerras mundiales y locales, de alta, media y baja intensidad y de guerra de guerrillas. Y al final todo tiene un contenido económico, la guerra es la continuación de la política por medios violentos, armados, lo dijeron Clausewitz y Mao y la política es la economía quintaesenciada lo dijo Lenin.

Lo entendamos o no la humanidad ha luchado, lucha y luchará por un principio que a la vez es fin. El respeto al trabajo como fuente de creación de la riqueza. El trabajo es la fuente del valor como lo descubrió el escocés Adam Smith. Y este respeto al trabajo, de darle a cada quien según su trabajo y su capacidad para trabajar, es el principio del Socialismo, como sistema económico, político, social y ético. Pero las condiciones del respeto al principio del trabajo no emanan de la generosidad del ser humano si consideramos que la economía se basa en leyes de naturaleza social, en donde cada quien persigue su propio beneficio y sin tener ese propósito beneficia a los demás como precisaba Smitn; entonces el respeto socialista al principio del trabajo se impondrá cuando la capacidad de producción del ser humano por medio del desarrollo de la tecnología sea tal que nadie necesitará explotar a nadie para tener las condiciones materiales de vida necesarias y deseadas. Y aún así, con todo el bienestar asegurado, será necesaria tanto la persuasión como la represión para poner en cintura el comportamiento humano.

En el Siglo XIX un francés de la nobleza decadente convertido en un ascendente revolucionario, contemporizaba con Smith pero desarrollaba el credo de que la nueva sociedad debería basarse en el trabajo, pero además en el respeto al trabajo, dándole a cada persona lo que correspondiera a sus obras. Pero la sociedad industrial que Saint Simon vio como la madre de dicho respeto devino en la práctica una madrasta insensible que entendió que respetar es explotar. El nuevo cristianismo que soñaba San Simón, humano y productivo al mismo tiempo reveló su esencia de esclavitud asalariada, como la caracterizó Lenin. Pese al “fracaso” de San Simón que tuvo la “utopía” de proyectar una sociedad en donde el trabajo productivo fuera el centro del status social su principio esta vigente como guía y se puede actualizar todavía en el siglo XXI, al menos nadie lo ha contradicho, nadie lo ha modificado y casi nadie lo ha recordado en su fundamento filosófico económico de la práctica política, y muchos lo recitan de memoria como deseando una inexistente sociedad “sin pecado concebida”.

Y es que en el principio del trabajo se condensa lo económico y lo político. Luchar por su plena realización es luchar por el futuro de la humanidad. Existen leyes económicas que constituyen la realidad del trabajo y de la fuerza de trabajo. Ya sabemos por Marx que el trabajo es el proceso de desgaste de la fuerza de trabajo y nos recordó que son tan diferentes como digesión y capacidad para digerir. Y tanto él como Engels dejaron muchas cosas claras de las leyes del desarrollo económico y social que conduce a la destrucción del capitalismo, pero dejaron pocas cosas claras sobre las leyes de construcción del socialismo.

Evaristo Hernández

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13.2.15

A cada uno según su trabajo

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Tomado de:
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Las negrillas son para efectos de estudio.
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A cada uno según su trabajo

Rebelión

“En todas las situaciones tuvo que interesarles a los hombres el tiempo de trabajo que cuesta la producción de los medios de subsistencia, aunque ese interés no sea el mismo en los distintos estadios del desarrollo”. El Capital, Karl Marx.

Pablo González, moderador del foro economistas rojos, a raíz de mi trabajo “Socialismo y ciencia” publicado en Rebelión, hace algunas afirmaciones y me formula algunas preguntas. Afirma que mi concepción del socialismo es plana y cerrada, no dialéctica, que no hablo nunca del comunismo, que el socialismo es una etapa de transición al comunismo, y que la economía comunista se basará en los bonos de tiempo de trabajo. Y me pregunta: ¿habrá mercado comunista en el comunismo? Responderé a todas estas cuestiones por partes.

La primera pregunta que debemos hacernos es en qué época histórica nos encontramos. Yo creo que nos encontramos en la época de transición del capitalismo al socialismo y no en la época de transición del socialismo al comunismo. De manera que lo materialista será hablar de cuáles son los rasgos de transición del capitalismo al socialismo, y lo dialéctico será concebir la época actual como una época de transición. Una de las leyes de la dialéctica más olvidada es la de que entre los contrarios hay transición y no sólo oposición y negación. Lo antidialéctico es concebir el capitalismo y el socialismo como dos contrarios que sólo se oponen y entre los cuales no hay transición. Y concebir la época actual, como sucede en el pensamiento económico de Ernesto Guevara, como la época de la transición del socialismo al comunismo es idealismo.

Originariamente, antes que el socialismo se hiciera real, el comunismo se dividía en dos etapas: socialismo y comunismo. Se reconocía que el socialismo era una etapa necesaria porque se percibía con claridad que el Estado socialista seguiría siendo una forma de organización de la violencia, que seguiría estando dotado de ejército, policía y cárceles. No obstante, en el ámbito de la economía se pensó que en el socialismo la riqueza no se produciría como mercancía sino por medio de un plan científico. La práctica ha demostrado que esto no es así: en el socialismo, incluso en las economías socialistas planificadas, las determinaciones mercantiles han estado y siguen estando presentes. La práctica ha demostrado que en el socialismo la riqueza se tiene que seguir produciendo como mercancía. Y en el ámbito de la teoría se ha vuelto crucial distinguir con claridad la forma mercantil de la riqueza de la forma de capital.

La economía socialista se rige por el principio de a cada cual según su capacidad y a cada uno según su trabajo. De manera que en esta época quien más trabaja más salario debe cobrar, y quien menos trabaja menos salario debe cobrar; al igual que quien realiza una trabajo de mayor calidad debe ganar más que quien realiza un trabajo de menos calidad. Dada esta determinación de a cada uno según su trabajo, dado que este principio creará inevitablemente diferencias de fortunas entre los hombres, es obvio que el miembro de la sociedad socialista será todavía una persona egoísta. Por el contrario, la economía comunista se rige por el principio de a cada cual según su capacidad y a cada uno según su necesidad. Aunque yo trabaje mayor número de horas que otra persona o mi trabajo sea de mayor calidad, no por ello percibiré un salario más grande que el suyo. Yo percibiré como salario lo que necesite para vivir. Serán mis necesidades las que determinen con qué parte de la riqueza creada por todos me quedaré yo, y no la cantidad y la calidad de mi trabajo. El miembro de la sociedad comunista será una persona comunista, una persona que no desglosa su interés personal de su interés social, sino que en vida diaria el interés social será el predominante y con el que hará coincidir su interés personal. Dicho de otra forma: la persona comunista es aquella persona cuyo interés personal es su interés social.

La cita que aparece al inicio de este trabajo destaca que en todas las situaciones sociales debió interesarle al hombre el tiempo que cuesta producir la riqueza. Yo creo que en el comunismo los hombres no serán tan tontos como para dejar de lado la ciencia económica, al igual que tampoco dejarán de lado el resto las ciencias naturales, históricas y filosóficas. Y si esto es así, seguirá siendo necesario saber cuánto cuesta producir la riqueza. En el comunismo el Estado seguirá existiendo como administración económica. De manera que el cálculo de lo que cuesta producir la riqueza seguirá siendo esencial. La ley del valor seguirá imperando. Pero ya no se manifestará como una ley ciega que genera desequilibrios entre los hombres, sino que su conocimiento científico habrá permitido a los hombres liberarse de su dominio. Con el comunismo la sociedad no se para, como si todo estuviera dicho, seguirá su marcha, y con ella su marcha económica. Las leyes objetivas del desarrollo social seguirán existiendo en el comunismo, la diferencia con respecto a las épocas precedentes estriba en que estarán bajo el dominio conciente de los hombres.

No creo que pagar mediante bonos de trabajo en vez de por medio del dinero sea signo de un cambio en las relaciones sociales de producción entre los hombres. Creo que el bono trabajo es una forma imperfecta y artificial de dinero. El bono trabajo se emplea como medio de pago por parte de la empresa y como medio de compra por parte del trabajador. Por lo tanto, el bono de trabajo no queda libre de las determinaciones mercantiles. Y vuelvo y repito: es una forma imperfecta y artificial de dinero. La pregunta sería ahora esta otra: ¿es el bono de trabajo un medio de compra más eficaz que el dinero y un mejor modo de distribuir la riqueza? Respondo con rotundidad que no. En el comunismo desaparecerá la lucha de clases, pero no la lucha por la producción y la lucha por la ciencia.

Francisco Umpiérrez Sánchez es director del CEKAM
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15.6.14

Ser y Deber Ser del Principio Socialista del Trabajo

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Como el respeto al principio socialista del trabajo es un deber ser en una sociedad capitalista y aún en una sociedad socialista atrasada en el desarrollo de sus fuerzas productivas, se encuentra en constante lucha con el ser, con la falta de respeto al principio socialista del trabajo. En el ser, en la sociedad capitalista y en el socialismo atrasado y/o estatizado a la usanza de lo que fue la URSS, ha sido evidente la transgresión real al principio socialista del trabajo. No se remuneraba a las personas de acuerdo al tipo, cantidad y calidad del trabajo pasado y presente desplegado de acuerdo a la necesidad social del trabajo. Y esta situación persiste, no solamente en el capitalismo, en donde por definición, la base de su desarrollo es la explotación del trabajo humano, sino incluso en los intentos de construcción del socialismo, porque la sociedad en su conjunto y en la expresión individual, no ha superado las barreras que impiden el reconocimiento directo, abierto, del derecho a la remuneración material adquirida ´por el trabajo pasado y presente y diferenciada. El status social lo confiere el trabajo y no la explotación del trabajo en una sociedad socialista. Como resultado de la falta de respeto, dicho sea tanto en términos éticos como en términos económicos, existe la tendencia no a revolucionar sino a involucionar el desarrollo de la fuerza productiva del trabajo.

Notas iniciales
Para examinar el Principio Socialista del Trabajo
Evaristo Hernández
Junio 2014
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12.6.14

El Estado y el Principio Socialista del Trabajo

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El Estado y el Principio Socialista del Trabajo

El principio socialista del trabajo, es un ideal, un deber ser social, que sostiene la necesidad histórica de una sociedad organizada bajo el fundamento de que a cada persona se le debe garantizar su trabajo y retribuirla materialmente de acuerdo a la cantidad y calidad de su trabajo, La consecución real, no ideal, del principio socialista del trabajo, tiene, a su vez, base en intereses económicos conforme lo explica el materialismo histórico.

En teoría la sociedad podrá organizarse en base al principio socialista del trabajo cuando el desarrollo de las fuerzas productivas en el capitalismo eclosionen con la superestructura. Para nuestra interpretación, cuando la capacidad productiva del ser humano posibilite y democratice el consumo, y el ser humano no tenga la necesidad de explotar a otros seres humanos para asegurar su existencia. Las diferencias sociales existirán por medio de la retribución al trabajo y medida en términos del tipo de consumo de los medios de subsistencia individual y familiar y de trabajo especializados y necesarios para desplegar la labor. 

Una sociedad de esta naturaleza ha revolucionado y democratizado los medios de producción y de consumo. El Estado como instrumento de dominación de los que viven a costa de otros ha desaparecido. Es solamente una estructura que administra bienes públicos y que respeta el uso de los bienes privados personales, diferenciados, repetimos por la cantidad y calidad en el tipo o clase de trabajo social necesario establecido en el proceso de circulación o de intercambio . En una sociedad de esta naturaleza el reconocimiento al trabajo es natural, espontáneo, la justicia social y el trabajo, como decía Marx, son una necesidad vital creciente.

Notas iniciales
Para examinar el Principio Socialista del Trabajo

Evaristo Hernández
Jueves 12, Junio, 2014
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7.6.14

Lucha de Principios del Trabajo: Capitalismo y Socialismo

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Lucha de Principios Capitalista y Socialista del Trabajo

La concreción del principio de organización socialista del trabajo, es un proceso de lucha social e individual. Desde el punto de vista de la sociedad, el proceso implica la transformación de la sociedad capitalista en su contrario, una sociedad socialista. Individualmente considerado, el principio de organización socialista del trabajo implica la lucha contra la explotación propia y ajena, la lucha por el respeto al trabajo propio y ajeno, a la trayectoria, a la experiencia, a la destreza, a la calificación profesional, a la participación conquistada meritoriamente y con esfuerzo.

Forma parte de la moral capitalista con relación al principio del trabajo lo opuesto a lo anterior. En el capitalismo no se respeta el trabajo de la gran mayoría de las personas sino el de la minoría que ayuda a mantener la opresión y la injusticia económica y social de la población.

El principio de organización capitalista y socialista del trabajo coexisten, tanto social como individualmente. Así como como coexiste el ser y el deber ser de todas las cosas. En lucha. El principio de organización socialista del trabajo se abre paso históricamente, en un proceso de lucha, en toda sociedad capitalista. A veces esta lucha adquiere matices impresionantes por lo novedosos, como es la iniciativa del Partido Socialista Suizo de establecer un salario único y base, a fin de que las personas se dediquen al trabajo que deseen y para el cual sientan vocación y desarrollen sus capacidades.

Esta lucha de principios de organización del trabajo, está presente de manera singular en América Latina. Toda lucha implica aciertos y errores, pero de su resolución dependerá el futuro del Socialismo.

En la evolución social, puede decirse que el primer intento de construcción de una sociedad socialista fracasó precisamente, por la distorsión de un único punto: no se garantizó que a cada persona se le remunerara de acuerdo a su trabajo y a su capacidad. Un motorista de bus recibía lo mismo que un médico, por ejemplo. Con esa experiencia se evidenció que un sistema erigido sobre la arbitrariedad y discreción colectiva e individual, que no toma en cuenta necesidades sociales reales laborales, antecedentes, méritos, calificaciones y trayectoria de lealtad social para ubicar y remunerar a las personas en y por el trabajo que merecen, que han conquistado con su esfuerzo y que la sociedad necesita, se carcome por dentro y se derrumba como un gran mueble roído por dentro por la polilla de la injusticia social que necesariamente también es individual. Examinar desde la ciencia social este punto es determinante para explicarse la caída del primer esfuerzo humano de construcción de un sistema socialista prácticamente en todo el siglo XX y extraer sus lecciones históricas.

Notas iniciales
Para examinar el Principio Socialista del Trabajo
Evaristo Hernández
Junio 2014
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5.6.14

Dos divisiones del Socialismo

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Dos divisiones del Socialismo

En teoría del Socialismo existe un punto de inflexión: la teoría de la plusvalía de Marx, aunque existe una opinión de que al menos el concepto moderno de plusvalía, fue explorado originariamente por William Thompson. El Socialismo tiene dos grandes divisiones: desde antes y después de la teoría de la plusvalía. El Socialismo Científico lo es porque se basa en la posibilidad de la construcción de una sociedad socialista por las leyes de la naturaleza humana que rigen la producción capitalista de la plusvalía.

Sin embargo subsiste en las dos grandes divisiones del socialismo el principio de organización socialista de la sociedad, heredado de los socialistas anteriores al socialismo científico, que Federico Engels denomina socialistas utópicos. De ellos arranca la premisa de que una sociedad socialista lo es porque se organiza en base al trabajo, que retribuye materialmente de acuerdo al tipo de trabajo es decir, a la complejidad, al riesgo de la labor desplegada; también en cuanto a la cantidad de tiempo dedicado al trabajo, se remunera materialmente conforme el número de horas desplegadas en la labor; y también el trabajo se recompensa materialmente conforme a la calidad, a la capacidad que tiene el ser humano, como individuo y como colectivo, de desplegar un trabajo diferenciado, cuidadoso, diestro, preciso, dicho mas escuetamente, un trabajo de mejor calidad.

Las diferencias sociales en el socialismo son materiales, solamente que no son resultado de la explotación del trabajo humano, sino por el hecho de que las personas son remuneradas de acuerdo a condiciones necesarias por su tipo y cantidad de trabajo y a su capacidad para desarrollarlo. El denominador común es el trabajo, en una sociedad socialista el trabajo y su remuneración equivalente que sostenga la producción y reproducción de la fuerza de trabajo es un derecho humano; la diferenciación social, material proviene del tipo, intensidad, capacidad, cantidad y calidad con que se ejecute el trabajo.

Se transgrede el principio de organización socialista del trabajo cuando el desempleo es consustancial al movimiento económico, como en la sociedad capitalista, cuando la remuneración de la fuerza de trabajo no recompensa los bienes materiales necesarios para la subsistencia del trabajador, manual o intelectual, y la de su familia; cuando no se reconoce en términos de remuneración material la experiencia, el trabajo acumulado, la idoneidad de las personas para ejecutar un trabajo, la capacidad de las personas para efectuarlo, la formación y la educación, la calidad demostrada del trabajador, su lealtad a su profesión y su sociedad.

Notas iniciales
Para examinar el principio socialista del trabajo
Evaristo Hernández
Junio, 2014
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16.6.12

Sobre Justicia Social, Partido y Gobierno

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Sobre Justicia Social, Partido y Gobierno

1. Existen diferencias entre Partido y Gobierno.

El Partido revolucionario socialista tiene en la permanencia el medio de consecución de sus finalidades y el Gobierno tiene en la temporalidad el medio limitante para materializar sus promesas de campaña y su plan o programa de Gobierno.

La finalidad del Partido se concreta en el largo plazo, históricamente determinado, la finalidad del Gobierno se agota en el corto plazo, de cinco años, normalmente.

2. La esencia de un Partido Revolucionario Socialista se define por su finalidad, científicamente establecida, de la posibilidad de construir un sistema social con justicia económica, basado en el principio de que cada persona debe retirar del producto social lo que le corresponde de acuerdo a la complejidad y exigencia del trabajo productivo que desempeñe y a su capacidad y habilidades constatadas para desempeñarlo: a cada cual según su trabajo y a cada quien según su capacidad, es el principio de organización socialista del trabajo.

Esta lucha por concretar la finalidad socialista, como nos enseñó el caso de la URSS, discurre entre el ser y el deber ser histórico, entre flujos y reflujos históricos, consolidaciones y disoluciones, procesos pacíficos y violentos y la construcción de un nuevo sistema social no es cosa de un quinquenio, como lo es el caso de un plan o programa de Gobierno.

3. Las finalidades sociales son la columna vertebral de la acción política.

El ser humano es el único ser que transforma y hace las cosas con finalidades conscientes.

En los animales la acción tiene finalidad también pero es instintiva, no consciente. Los seres humanos transformamos todo con una dirección consciente: la naturaleza, nuestro mismo pensamiento y nuestra sociedad; porque somos pensantes, porque actuamos con claridad de las finalidades,

La ideología partidaria es una expresión de la conciencia de la finalidad de la sociedad humana: se aspira a una sociedad justa, solidaria, productiva, generadora de riqueza y de bienestar económico y social.

La teoría y la ideología partidaria tienen su propia dimensión y se cultivan por medio de la organización práctica, educación política y estudio e investigación científica tomando como base la dialéctica materialista, sobre todo aplicada a la historia de la sociedad, con metodología y concepción del materialismo histórico.

4. Las finalidades se transforman en una fuerza física.

Las finalidades trascendentes, estructuradas en un Partido Revolucionario Socialista constituyen el esqueleto y el cerebro de la sociedad y consecuentemente de su Gobierno.

La temporalidad de un plan o programa de Gobierno solamente puede, en medio de fricciones, conectarse para ejercer una función transformadora consciente, encaminada a la construcción de un sistema económico social libre de explotación, por la vía de la posible incidencia que un Partido tenga en la sociedad y en el mismo Gobierno.

Pero el Partido no debe confundirse con el Gobierno, ni viceversa.

Pueden existir, como de hecho, existen, militantes del Partido que ejerzan como funcionarios gubernamentales, pero, como entidades, el Partido y el Gobierno son entidades diferentes, con diferentes finalidades.

Las finalidades del Partido y del Gobierno son diferentes, pero pueden ser compatibles sobre todo cuando un Partido, como el nuestro, ha ganado las elecciones por primera vez en la historia nacional.

La finalidad temporal del Gobierno puede conectarse con la finalidad permanente del Partido y esto no lo hace el Gobierno y su estructura, sino que lo hace el Partido, por múltiples vías y formas, especialmente las de la movilización social y el apego al cumplimiento de la lucha y conquistas democráticas estampadas en el Programa de Gobierno, consensuado y socializado, entre personas e instancias comprometidas.

En nuestro caso, en el marco del proceso de erradicación del modelo neoliberal, como se dejó consignado en uno de los párrafos del Programa de Gobierno..

La exigencia concreta, en política, es un medio de avanzar en la lucha, es un planteamiento que se convierte en fuerza física, organiza voluntades y energías para lograrla; forma parte de la táctica y dependiendo de su correspondencia con la realidad, planteamiento aceptable y mecanismo de exigencia se convierte en una exigencia ineludible y de necesaria adopción para todas las fuerzas políticas, individuales y colectivas.

Evaristo Hernández
Noviembre 2009
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12.6.12

Una razón para calificar el Socialismo "Utópico"

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Socialismo ¿Utópico?

Engels nos presenta una definición del Socialismo Utópico, que expresado en sentido contrario, podría definirse como la corriente socialista sin teoría de la plusvalía. Se asume por parte de Engels que la teoría de la plusvalía es “la” y no “una” teoría científica de la economía y la sociedad, por ello, los planteamientos de los socialistas anteriores a Marx, eran ideales, ideologizados, no científicos; eran utópicos basados en buenos deseos y no en investigaciones científicas.

Las razones por las cuales plantea Engels, los socialistas utópicos no constituyeron un socialismo científico, son esencialmente, por el hecho de que las condiciones históricas en que vivieron no les posibilitaron observar el papel del proletariado industrial y su antagonismo con la burguesía, que Saint Simon, por ejemplo, incluía dentro de su "catecismo para industriales". De manera que los socialistas "utópicos" por razones objetivas, no tuvieron la capacidad de abstracción de Marx, para penetrar con más profundidad en las causas y efectos de la lucha de clases entre burguesía y proletariado, del movimiento social y económico que observaban y en el que también participaban.

Evaristo Hernández

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17.2.12

Marx: Yo no soy marxista

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Las negrillas, sangrías y separación de algunos párrafos son nuestros para efectos de estudio.

¿Por qué Marx dijo: Yo no soy marxista?
Autor: Javier Biardeau R.
Fecha de publicación: 19/01/10
Tomado de: http://www.aporrea.org/ideologia/a93626.html

Es poco conocido que, en vista de la enorme acumulación de disparates e imposturas que, ya a partir de 1870, empezaban a hacerse y decirse en nombre del “marxismo”, el propio Marx decidió desmarcarse y sentenciar con contundencia: «tout ce que je sais, c'est que je ne suis pas marxiste» (lo único que sé es que yo no soy marxista). Pero la ironía de la historia es que Marx no logró impedir que se siguieran acumulando disparates ni imposturas en su nombre, obviamente luego de su muerte en 1883.

Sin duda, para saber si se aproximan o no a las prácticas socialistas revolucionarias que prefiguraba el pensamiento marxiano, algunas acciones, discursos o políticas del llamado “Socialismo de, en, o para el siglo XXI”, será necesario seguir al pie de la letra, no un trazo filológico o hermenéutico, sino colocar por delante aquella sentencia:

“Totalmente al contrario de lo que ocurre en la filosofía alemana, que desciende del cielo sobre la tierra, aquí se asciende de la tierra al cielo. Es decir, no se parte de lo que los hombres dicen, se representan o se imaginan, ni tampoco del hombre predicado, pensado, representado o imaginado, para llegar, arrancando de aquí, al hombre de carne y hueso; se parte del hombre que realmente actúa y, arrancando de su proceso de vida real, se expone también el desarrollo de los reflejos ideológicos y de los ecos de este proceso de vida”. (Marx-Engels: La ideología Alemana).

Y en términos de políticas de Estado y su relación con las estructuras de clase, analizar con precisión que:

“La observación empírica tiene necesariamente que poner de relieve en cada caso concreto, empíricamente y sin ninguna clase de embaucamiento y especulación, la relación existente entre la estructura social y política, y la producción. La estructura social y el Estado brotan constantemente del proceso de vida de determinados individuos; pero de estos individuos, no como puedan presentarse ante la imaginación propia o ajena, sino tal y como realmente son; es decir, tal y como actúan y como producen materialmente y, por tanto, tal y como desarrollan sus actividades bajo determinados límites, premisas y condiciones materiales, independientes de su voluntad”. (Marx-Engels: La ideología Alemana)

Experimentamos tiempos de interpretaciones polémicas, abiertas y libertarias. Tiempos de hermenéuticas críticas, de deconstrucciones, de semióticas vinculantes, de pensamiento crítico socialista, como base de posturas reflexivas en momentos de crisis de la modernidad occidental, del capitalismo neoliberal, del fundamentalismo de mercado, del modelo de democracia tutelada por el imperio, de sus certezas amalgamadas.

La evidencia polémica indica que tampoco es tiempo de dogmatismos estériles, de seguidismos ideológicos, de “calcos y copias”, de simples replicas o imitaciones de un pensamiento que se correspondió tal vez, a un determinado ciclo de luchas por el socialismo (ortodoxia bolchevique), a sus inventarios e inercias históricas, pero que sencillamente ha colapsado junto a la implosión del socialismo real.

Nuevos ciclos de lucha para revoluciones sociales y políticas, si quieren ser radicales, no pueden estar acompañadas de una profunda regresión o estancamiento en el terreno del “pensamiento crítico”, en lo “teórico”, en lo ideológico, en la “epistemología” o en la “gnoseología”. No es con guiones de manuales del “comunismo científico”, que podrán reimpulsarse las rupturas necesarias en cada uno de los eslabones de las cadenas de la dominación social, en todas sus manifestaciones en la existencia social: explotación económica, coerción política, hegemonía ideológica, exclusión social y negación cultural.

Se requiere una renovación del pensamiento crítico socialista, una plataforma teórica revolucionaria, una red de nodos de pensamientos insurgentes y saberes contra-hegemónicos, de teorías contra-sistémicas que al menos conserven algunos de los espíritus de emancipación radical de Marx y Engels.

Pero no basta autodefinirse, entonces, en las actuales circunstancias como “marxista”, como asimiladores de las “verdades universales” del “socialismo científico”, después de comprender lo que significó para Marx decir que “yo no soy marxista”, despúes de lo que puede significar el marxismo crítico en una época posracionalista, posmetafisica y poscientífica.

Tampoco basta una profundización del sentido de esta críptica declaración, pues hay que reconocer en el campo de las izquierdas de diferentes tradiciones y corrientes del marxismo, desde las más autonomistas, heterodoxas, críticas, abiertas y libertarias, hasta las más reaccionarias, burocráticas, dogmáticas y despóticas. Digámoslo con claridad: solo podemos hablar de la multiplicidad de marxismo(s). Esto entraña una pregunta pertinente: ¿Desde cuál marxismo me habla quien afirme hoy: "Asumo el marxismo"?

Engels le comentó en carta a Bloch (1890):

“Desgraciadamente, ocurre con harta frecuencia que se cree haber entendido totalmente y que se puede manejar sin más una nueva teoría por el mero hecho de haberse asimilado, y no siempre exactamente, sus tesis fundamentales. De este reproche no se hallan exentos muchos de los nuevos «marxistas» y así se explican muchas de las cosas peregrinas que han aportado...”

Se refería Engels en esta carta al reduccionismo económico y mecanicismo de muchos “nuevos marxistas”(los que hablaban de infraestructuras y superestructuras como si fuesen campos separados), que pretenden encontrar una suerte de dogma infalible en vez de asumir los problemas de un sistema teórico abierto, en permanente construcción de sus matrices conceptuales, sometido al rigor de la consistencia de sus metodologías, y sin dejar de lado la contrastación de sus proposiciones con los fenómenos, procesos y tendencias de la realidad histórica, política, económica y social.

Engels apuntaba no solo a criticar a quienes “cacarean” las “tesis fundamentales”, sino a comprender en profundidad la complejidad de una auténtica revolución teórica inconclusa, un programa de investigación-acción de alcance revolucionario, como “momento teórico” inmanente a la praxis revolucionaria, que desbordaba las convencionales consideraciones de la filosofía o la ciencia académica; es decir, del episteme dominante en el capitalismo moderno europeo en el siglo XIX.

Y como momento de la actividad teórica crítica, se trataba de una postulación abierta, revisable, debatible, en constante restructuración y renovación. No se trataba de dogmas, entonces. Se trataba de una dialéctica revolucionaria sin dogmatismos. De la conjunción de una concepción materialista de la historia, de una crítica a la economía política burguesa y del despliegue del método dialectico, algo muy distinto a la simplificación del “materialismo histórico” y del “materialismo dialéctico” (DIAMAT/HISMAT).

Por tanto, será necesario referirse polémicamente a algunos elementos sustantivos, en tiempos de “aligeramiento de los fundamentos” de aquella concepción, para cuestionar que sea el modelo de socialismo burocrático-despótico, la vía de construcción del socialismo en el siglo XXI.

Por ejemplo, Marx planteaba un imperativo ético-político en su crítica a la filosofía del derecho de Hegel, que prefiguraba su posición crítica frente a la civilización del Capital:

“Subvertir todas las relaciones sociales en las cuales el ser humano es un ser envilecido, humillado, abandonado, despreciable” (Marx: Crítica a la filosofía del derecho de Hegel).

Voluntad subversiva, humanismo revolucionario. De allí parte la crítica radical de Marx a la civilización del Capital: “Radikal sein ist die Sache an der Wurzel fassen. Die Wurzel für den Menschen ist aber der Mensch selbst.”. “Ser radical es tomar el asunto de raíz. Pero, la raíz para el hombre es el hombre mismo”. (Marx: Crítica a la filosofía del derecho de Hegel)

Una de los peores desvaríos de los “nuevos marxistas” fue el de asimilar acríticamente la versión del “Marx joven” y el “Marx viejo”, del “Marx ideológico” y del “Marx científico”. Una separación de campos, que opacaba la multiplicidad de la obra crítica y abierta de Marx, que devenía en interpretación codificada, no solo en una “lectura sintomal”, que pretendía convertirse en clave de bóveda de la literalidad esencial del pensamiento de Marx.

Hoy sabemos que ya no existe aquella “metafísica de la presencia” en el acto interpretativo, que hay múltiples estratos de significación y contextos de uso en la cadena discursiva, en la riqueza de la obra abierta y crítica de Marx. En fin, que el territorio del pensamiento de Marx es aún una vasta e inexplorada extensión a ser cartografiada desde diferentes marcos interpretativos, pero no acuartelada y amurallada por un dogma, que es en el fondo un revisionismo simplificador y tramposo.

Quién hable desde el dogma se descalifica de entrada. Hay corrientes del marxismo, no una ni dos, sino múltiples lecturas de Marx. Ya no hay aparato político, estatal o académico que asegure tener la única versión del marxismo, que asegure un “orden del discurso” exclusivo para la obra marxiana.

Lo que existe es una polémica dialógica entre corrientes y tradiciones marxistas, una diversidad de horizontes de comprensión del pensamiento marxiano, con inevitables consecuencias en el campo político-estratégico.

Por tal razón, habrá que recordar que:
“Hasta ahora, todos los movimientos sociales habían sido movimientos desatados por una minoría o en interés de una minoría. El movimiento proletario es el movimiento autónomo de una inmensa mayoría en interés de una mayoría inmensa.” (Marx-Engels: Manifiesto del Partido Comunista)
El movimiento proletario es un “movimiento autónomo”, en primer lugar, no es un “movimiento heterónomo”, guiado desde afuera y desde arriba por otras grupos, sectores y clases, por los intelectuales orgánicos del Capital o de la burocracia estatal.

Es además el movimiento de una inmensa mayoría, de un bloque social de explotados y oprimidos, en función de los intereses de la “mayoría inmensa”. Se trata del movimiento autónomo de la multitud.

No hay pues compatibilidad alguna entre el imaginario jacobino-blanquista y el imaginario marxiano. Marx no planteó revoluciones de “minorías conspirativas”, o “revoluciones desde arriba”. Allí hay una disyunción entre Lenin y Marx, y entre toda la ortodoxia soviética y Marx, por más acrobacias que realice la escatología “marxista-leninista ortodoxa”.

Ni la autoridad intelectual de Bujarin, ni el despotismo de Stalin, sirven ya para engañarnos. La revolución marxiana fue desde entonces una revolución democrática y socialista de multitudes. Sin este atributo deja de ser consistente con el pensamiento marxiano. Por tanto, nada de veneraciones supersticiosas al Estado, a su maquinaria burocrática, a sus funcionarios y capas administrativas, con sus propios intereses:
“La libertad consiste en convertir al Estado de órgano que está por encima de la sociedad en un órgano completamente subordinado a ella”. (Marx: Critica al programa de Gotha)
No hay Estadolatría posible en el pensamiento marxiano. El Estado es un órgano que debe estar subordinado en todo momento y circunstancia a los intereses de la nueva sociedad naciente en el proceso de transición al socialismo:

“Esta labor de destrucción del viejo Poder estatal y de su reemplazo por otro nuevo y verdaderamente democrático es descrita con todo detalle en el capítulo tercero de La Guerra Civil.”. (Engels: prologo a la Guerra civil en Francia)

El Estado de transición debe ser nuevo y verdaderamente democrático, devenir semi-estado hasta transformarse en una asociación de hombres y mujeres libres.

Continúa Engels: “Sin embargo, era necesario detenerse a examinar aquí brevemente algunos de los rasgos de este reemplazo por ser precisamente en Alemania donde la fe supersticiosa en el Estado se ha trasladado del campo filosófico a la conciencia general de la burguesía e incluso a la de muchos obreros. Según la concepción filosófica, el Estado es la "realización de la idea", o esa, traducido al lenguaje filosófico, el reino de Dios en la tierra, el campo en que se hacen o deben hacerse realidad la verdad y la justicia eternas. De aquí nace una veneración supersticiosa hacia el Estado y hacia todo lo que con él se relaciona, veneración que va arraigando más fácilmente en la medida en que la gente se acostumbra desde la infancia a pensar que los asuntos e intereses comunes a toda la sociedad no pueden ser mirados de manera distinta a como han sido mirados hasta aquí, es decir, a través del Estado y de sus bien retribuidos funcionarios. Y la gente cree haber dado un paso enormemente audaz con librarse de la fe en la monarquía hereditaria y jurar por la República democrática. En realidad, el Estado no es más que una máquina para la opresión de una clase por otra, lo mismo en la República democrática que bajo la monarquía; y en el mejor de los casos, un mal que el proletariado hereda luego que triunfa en su lucha por la dominación de clase.”

Queda claro, que los promotores de la veneración supersticiosa del Estado quedan muy mal parados en este texto, el Estado no es el “reino de Dios en la tierra”, ni el campo donde se hacen realidad ni la verdad ni la justicia. La “gente se acostumbra”, como decía también Etienne de la Botie en el “discurso de la servidumbre voluntaria”, a pensar que los "asuntos comunes” no puedan ser mirados de manera distinta que a través del Estado y sus funcionarios. Pero los asuntos comunes, la experiencia de lo común, los territorios existenciales del comunismo democrático no son asuntos predominantemente estatales. La experiencia de lo común, sus territorios existenciales, desbordan cualquier encuadramiento estatista:

“El proletariado victorioso, tal como hizo la Comuna, no podrá por menos de amputar inmediatamente los peores lados de este mal, hasta que una generación futura, educada en condiciones sociales nuevas y libres, pueda deshacerse de todo ese trasto viejo del Estado.” (Marx: La guerra civil en Francia)

Habrá ciertamente para Marx y Engels, un Estado radicalmente democrático de transición, que amputara los peores lados de esta mal
(El Estado, estimados es un mal necesario en las primeras fases, pero es un mal).
Así como los seres humanos dependen de las circunstancias sociales, históricas y culturales, la praxis revolucionaria puede y debe transformar estas circunstancias, debe amputar inmediatamente los peores lados de este mal, sobre todo el lado despótico del Estado.

No basta leer a Marx y Engels, a través del filtro de Lenin o de cualquier ortodoxia soviética, hay que prácticamente sumergirse en las aguas del pensamiento de los clásicos, antes de someterse a las lecturas de las corrientes, sean socialdemocratas reformistas o marxista-leninistas ortodoxas.

Para deshacerse del trasto viejo del Estado, nuevas generaciones tendrán que educarse en condiciones nuevas y libres. No será con una educación para la servidumbre al Estado, para la sumisión ideológica al Estado, en condiciones donde no impere la más amplia libertad, que se podrá deshacerse del "trasto viejo del Estado", y así mismo, de la Estadolatría.

“Tan pronto como, en el transcurso del tiempo, hayan desaparecido las diferencias de clase y toda la producción esté concentrada en manos de la sociedad, el Estado perderá todo carácter político. El Poder político no es, en rigor, más que el poder organizado de una clase para la opresión de la otra. El proletariado se ve forzado a organizarse como clase para luchar contra la burguesía; la revolución le lleva al Poder; mas tan pronto como desde él, como clase gobernante, derribe por la fuerza el régimen vigente de producción, con éste hará desaparecer las condiciones que determinan el antagonismo de clases, las clases mismas, y, por tanto, su propia soberanía como tal clase. Y a la vieja sociedad burguesa, con sus clases y sus antagonismos de clase, sustituirá una asociación en que el libre desarrollo de cada uno condicione el libre desarrollo de todos." (Marx-Engels: Manifiesto del Partido Comunista)
La producción, entonces, estará concentrada en manos de la sociedad, será propiedad socializada, no estatizada.
Y para que esta condición sea cumplida, el proletariado debe ser “clase gobernante”, no clase espectadora o mediatizada, clase representada o sometida, en fín clase que deviene clase gobernante del órgano del Estado, de un Estado radicalmente democratizado, que impulse la transformación de la sociedad burguesa, de su régimen de producción, de las condiciones socio-genéticas del antagonismo de clase, para sustituirla por una asociación en la que el libre desarrollo de cada uno condicione el libre desarrollo de todos.

Se trata nada mas y nada menos que de una comunidad de hombres y mujeres libres, no de un Estado totopoderoso que administra los intereses comunes en nombre de la asociación.
El Estado es el órgano subordinado, no el órgano subordinante.
En otro texto Engels agrega:

“La propiedad del Estado sobre las fuerzas productivas no es solución del conflicto, pero alberga ya en su seno el medio formal, el resorte para llegar a la solución. Esta solución sólo puede estar en reconocer de un modo efectivo el carácter social de las fuerzas productivas modernas y por lo tanto en armonizar el modo de producción, de apropiación y de cambio con el carácter social de los medios de producción. Para esto, no hay más que un camino: que la sociedad, abiertamente y sin rodeos, tome posesión de esas fuerzas productivas, que ya no admite otra dirección que la suya.”

La estatización puede ser una medida transitoria de una fase transitoria, pero es incompleta e incluso una falsa solución del conflicto, si abandona el horizonte de la socialización económica y política, de la crítica radical a los estados de dominación económica y política. Es la sociedad la que debe tomar sin rodeos, posesión efectiva de las fuerzas productivas, otorgándole una dirección al modo de producción, apropiación y cambio.
Se trata como veremos de la planificación social, no de la planificación estatal en sentido estricto:
“Haciéndolo así, el carácter social de los medios de producción y de los productos, que hoy se vuelve contra los mismos productores, rompiendo periódicamente los cauces del modo de producción y de cambio, y que sólo puede imponerse con una fuerza y eficacia tan destructoras como el impulso ciego de las leyes naturales, será puesto en vigor con plena conciencia por los productores y se convertirá, de causa constante de perturbaciones y de cataclismos periódicos, en la palanca más poderosa de la producción misma.” (Engels: Del socialismo utópico al socialismo científico)

La planificación social se hace con plena conciencia de los productores directos; es decir, con conocimiento de condiciones y causas de los procesos y tendencias económico-políticas, con la intervención decisiva de los trabajadores, no con la planificación de los burócratas como presuntos representantes del interés general.

El proletariado es no sólo "clase gobernante" en el poder político, sino "clase gobernante" en el terreno del poder económico, pués como dirá Gramsci, la hegemonía nace en la fábrica. La palanca de la producción estará en manos de una mayoría inmensa en favor de la inmensa mayoría.Se trata entonces de democracia económica y social, de planificación democrática de los trabajadores y consumidores.

Continúa Engels:

“Las fuerzas activas de la sociedad obran, mientras no las conocemos y contamos con ellas, exactamente lo mismo que las fuerzas de la naturaleza: de un modo ciego, violento, destructor. Pero, una vez conocidas, tan pronto como se ha sabido comprender su acción, su tendencia y sus efectos, en nuestras manos está el supeditarlas cada vez más de lleno a nuestra voluntad y alcanzar por medio de ellas los fines propuestos. Tal es lo que ocurre, muy señaladamente, con las gigantescas fuerzas modernas de producción. Mientras nos resistamos obstinadamente a comprender su naturaleza y su carácter -y a esta comprensión se oponen el modo capitalista de producción y sus defensores-, estas fuerzas actuarán a pesar de nosotros, contra nosotros, y nos dominarán, como hemos puesto bien de relieve. En cambio, tan pronto como penetremos en su naturaleza, esas fuerzas, puestas en manos de los productores asociados, se convertirán, de tiranos demoníacos, en sumisas servidoras."

En manos de los productores libremente asociados, con conciencia y conocimiento de la acción, tendencia y efectos, comprendiendo la naturaleza y carácter de las modernas fuerzas de producción, es posible transformar el sistema económico capitalista para hacer de sus fuerzas económicas no “tiranos demoniacos”, sino “sumisas servidoras”.

Esto implica una doble apropiación por parte de los productores libremente asociados: apropiación social y política de las fuerzas productivas, pero además apropiación científico-técnica, del saber-conocimiento previamente expropiado por los gestores y administradores delegados por el despotismo del capital.

Lucha por la apropiación del conocimiento, por el saber experto para la gestión de las fuerzas productivas, por parte de las clases trabajadoras, para participar en la dirección de las fuerzas económicas a través de la planificación social. Ruptura de la división despótica del trabajo, nueva cooperación social en el trabajo.

“Es la misma diferencia que hay entre el poder destructor de la electricidad en los rayos de la tormenta y la electricidad sujeta en el telégrafo y en el arco voltaico; la diferencia que hay entre el incendio y el fuego puesto al servicio del hombre. El día en que las fuerzas productivas de la sociedad moderna se sometan al régimen congruente con su naturaleza, por fin conocida, la anarquía social de la producción dejará el puesto a una reglamentación colectiva y organizada de la producción acorde con las necesidades de la sociedad y de cada individuo. Y el régimen capitalista de apropiación, en que el producto esclaviza primero a quien lo crea y luego a quien se lo apropia, será sustituido por el régimen de apropiación del producto que el carácter de los modernos medios de producción está reclamando: de una parte, apropiación directamente social, como medio para mantener y ampliar la producción; de otra parte, apropiación directamente individual, como medio de vida y de disfrute.”

Aquí Engels es más claro que todos los burócratas del socialismo real: reglamentación colectiva y organizada de la producción de acuerdo a las necesidades de la sociedad, y, ¡oh sorpresa!, de acuerdo a las necesidades de cada individuo. La ampliación de la producción es necesaria en el proceso de apropiación social; es decir, aumentar la productividad de medios de vida y de disfrute para asegurar, la apropiación directamente individual, como medio de vida y de disfrute.

"De cada quien de acuerdo a sus necesidades, de cada cual de acuerdo a sus capacidades" (sentencia que fue originaria de Louis Blanc, y no de Marx o Engels) debe ser conjugada entonces, con la cuestión de la planificación social de los productores libremente asociados (no con la mera planificación de la burocracia del estado), lo que implica, que "el libre desarrollo de cada uno sea condición del libre desarrollo de todos".
Una visión, por tanto, completamente democrática y libertaria de la planificación social, que desborda cualquier imaginario estatista-despótico, que impida la implicación e intervención directa de los productores directos en la dirección de las fuerzas económicas:

“El modo capitalista de producción, al convertir más y más en proletarios a la inmensa mayoría de los individuos de cada país, crea la fuerza que, si no quiere perecer, está obligada a hacer esa revolución. Y, al forzar cada vez más la conversión en propiedad del Estado de los grandes medios socializados de producción, señala ya por sí mismo el camino por el que esa revolución ha de producirse. El proletariado toma en sus manos el poder del Estado y comienza por convertir los medios de producción en propiedad del Estado.”

Para Engels, a diferencia del imaginario jacobino-blanquista o del imaginario burocrático, la condición de posibilidad de la conversión en propiedad del Estado de los grandes medios socializados de producción, es que el proletariado sea efectivamente “clase gobernante”.

El problema del poder político de clase está directamente vinculado al poder económico, para comprender el camino por la que una revolución democrática y socialista ha de producirse, en el horizonte de destruir la estrecha concepción corporativa o particular de soberanía en tanto clase, para abolir las condiciones del antagonismo de clase. Veamos:

“Pero con este mismo acto se destruye a sí mismo como proletariado, y destruye toda diferencia y todo antagonismo de clases, y con ello mismo, el Estado como tal (Engels lo dice con claridad, no es que espera a que se extinga el Estado, sino que destruye el Estado en cuanto tal). La sociedad, que se había movido hasta el presente entre antagonismos de clase, ha necesitado del Estado o sea, de una organización de la correspondiente clase explotadora para mantener las condiciones exteriores de producción, y, por tanto, particularmente, para mantener por la fuerza a la clase explotada en las condiciones de opresión (la esclavitud, la servidumbre o el vasallaje y el trabajo asalariado), determinadas por el modo de producción existente.”

El Estado de clase mantiene las condiciones exteriores de la producción, para mantener por la fuerza a la clase explotada en las condiciones de la opresión; en el caso del capitalismo, bajo el "trabajo asalariado". Patrono público o privado es patrono explotador. Para Engels, todas las ficciones jurídicas del “contrato libre” se vienen abajo, cuando comprendemos que las normas jurídicas requieren de la existencia del Estado para mantener su vigencia y eficacia, bajo el uso de la coacción organizada de clase.

La norma jurídica del “contrato libre” depende para su vigencia de la fuerza pública del Estado. Es el Estado burgués quien asegura la legislación laboral y las condiciones de opresión, mediante el uso o amenaza de uso de la violencia legal. Para Engels, las llamadas superestructuras intervienen eficazmente en las infraestructuras (Como aparece claramente en la carta a Bloch y en otros documentos):

“El Estado era el representante oficial de toda la sociedad, su síntesis en un cuerpo social visible; pero lo era sólo como Estado de la clase que en su época representaba a toda la sociedad: en la antigüedad era el Estado de los ciudadanos esclavistas; en la Edad Media el de la nobleza feudal; en nuestros tiempos es el de la burguesía. Cuando el Estado se convierta finalmente en representante efectivo de toda la sociedad será por sí mismo superfluo. Cuando ya no exista ninguna clase social a la que haya que mantener sometida; cuando desaparezcan, junto con la dominación de clase, junto con la lucha por la existencia individual, engendrada por la actual anarquía de la producción, los choques y los excesos resultantes de esto, no habrá ya nada que reprimir ni hará falta, por tanto, esa fuerza especial de represión que es el Estado. El primer acto en que el Estado se manifiesta efectivamente como representante de toda la sociedad: la toma de posesión de los medios de producción en nombre de la sociedad, es a la par su último acto independiente como Estado. La intervención de la autoridad del Estado en las relaciones sociales se hará superflua en un campo tras otro de la vida social y cesará por sí misma. El gobierno sobre las personas es sustituido por la administración de las cosas y por la dirección de los procesos de producción. El Estado no es «abolido»; se extingue. Partiendo de esto es como hay que juzgar el valor de esa frase del Estado popular libre en lo que toca a su justificación provisional como consigna de agitación y en lo que se refiere a su falta de fundamento científico. Partiendo de esto es también como debe ser considerada la reivindicación de los llamados anarquistas de que el Estado sea abolido de la noche a la mañana.”. (Engels: del socialismo utópico al Socialismo científico)

El Estado ni la revolución se hacen por decreto. Seria interesante desentrañar frente a estos enunciados cómo algunas corrientes aparentemente marxistas, se convirtieron en una suerte de filosofastros del Estado, en defensores de la permanente intervención de la autoridad represiva del Estado en las relaciones sociales, llevando al paroxismo el “gobierno sobre las personas”, el despotismo generalizado.

Habrá que recordarles siempre que se trata de un órgano subordinado a la sociedad, que debe ser radicalmente democrático aún el las fases de transición, y que depende enteramente del control de "la inmensa mayoría para el interés de la mayoría inmensa" de sus instrumentos administrativos, de planificación y políticos. Sin Estado radicalmente democrático, sin socialización del poder, sin autogobierno de masas, no hay revolución socialista alguna.

La conclusión provisional es sencilla: los promotores del Socialismo de Estado, del Socialismo Burocrático-Despótico podrán autodenominarse “marxistas”, pero a la luz del pensamiento marxiano, se comprende por qué Engels crítica a los llamados “nuevos marxistas”, y por qué Marx llegó a decir: “Yo no soy marxista”.

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