3.2.10

Historia del Pensamiento Socialista

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Las negillas, comentario inicial, citas en bloque, separación de algunos párrafos son nuestros para efectos de estudio.

Este artículo es interesante por varios motivos: en primer lugar, es un resumen aceptable de un libro clásico, podría decirse, en la literatura socialista, Historia del Pensamiento Socialista de Cole. En segungo lugar, se trata de una concepción religiosa del Socialismo y con base a diferentes explicaciones de diferentes Papas, sostiene que el Socialismo tiene una base atea, materialista, antropocentrista e instrascendente desde el punto de vista espiritual. En tecer lugar en el artículo se nota el esfuerzo por fundamentar las afirmaciones y existe una relativamente cuidadosa forma de citar.

Hemos encontrado que la página web que respalda la recensión del libro de Cole, es de una agrupación de personas que ha dejado el Opus Dei, y que la titulan "Gracias a Dios ¡nos fuimos!".

Considero que el Socialismo no rechaza la espiritualidad, incluso, desde su fundación, Saint Simon, por ejemplo, consideró tan esencial las ideas de Cristo en la nueva sociedad, que su obra principal lleva por título "El Nuevo Cristianismo". En Marx y Engels, la base de lo espiritual esta en lo material, en términos de que el ser humano necesita primero, por ejemplo, comer materialmente para luego comer espiritualmente.

Tomado de:

http://www.opuslibros.org/Index_libros/Recensiones_1/cole_his.htm

COLE, George D.H.

Historia del pensamiento socialista
Fondo de Cultura Económica, 5 vols. México, 1957, 1960, 1961.
(Título original: A History of Socialist Thought.)

BREVE VISIÓN DEL CONTENIDO DE LA OBRA

Se trata de un estudio completo del pensamiento económico y socio-económico de los distintos movimientos socialistas en el período 1789-1939.

El autor, economista —y socialista—, no pretende analizar ni todos ni los más fundamentales aspectos del pensamiento socialista. Trata de los movimientos y de las personas desde un punto de vista de teoría económica y socio-económica; las referencias a aspectos filosóficos y éticos, cuando se dan, son breves y resumidas.

En la exposición de los resultados de las investigaciones llevadas a cabo por Cole, por regla general se evita toda valoración de personas o movimientos; la obra pretende ofrecer una exposición «objetiva» de la historia de la doctrina económica y social en el Socialismo. Manifiesta dominio de la materia, y consigue presentar una relación bastante completa de estos aspectos del pensamiento socialista.

En el volumen I, que lleva por título «Los Precursores», se estudian los orígenes del socialismo. En la introducción se señala que el socialismo no es fácil de definir y que muchos pensadores, que no son propiamente socialistas (como Bruno Bauer y otros), también serán tratados por la influencia que han supuesto en los iniciadores de este movimiento.

Así, en la primera parte se estudian los autores que Marx denominó «socialistas utópicos». Comenzando desde la Revolución francesa y la conspiración de

Gracchus Babeuf, Cole estudia a Godwin, Paine y Charles Hall; Saint-Simon y sus seguidores, el comunismo utópico de Fourier y el fourierismo, Cabet, Sismondi y Owen.

Después da una rápida visión del

socialismo francés de L. Blanc, Flora Tristan, Lamennais y Proudhon,

para pasar al estudio del

socialismo alemán: Bauer, Hess y Grun, auto-definidos como los «verdaderos socialistas». El volumen se concluye con el estudio de las teorías de Marx y Engels hasta 1850,

dedicando especial relieve al Manifiesto del Partido Comunista.

En el II volumen, Cole trata de las luchas entre anarquismo y marxismo en los años 1850-1890. Afirma que «en realidad no hubo en la primera mitad del siglo XIX ningún movimiento socialista con cierta unidad y claridad de miras.

Un movimiento de este tipo sólo se dio después de 1848, y fundamentalmente después de 1860 con la Asociación Internacional de Trabajadores y las luchas internas entre las tendencias rivales (...)

Estas luchas fueron las primeras señales del nacimiento del socialismo como fuerza internacional influyente en las clases obreras de todos los países desarrollados económicamente. El contraste entre marxistas y anarquistas —que en realidad fue un conflicto entre muchas tendencias rivales— ocupó una posición clave en el desarrollo del socialismo como movimiento; y, al mismo tiempo,

la lucha entre los seguidores de Lassalle y los de Eisenacher después de la destrucción del socialismo francés en la Comuna de París, pusieron a los marxistas en una posición de dominio en la creación de los nuevos movimientos socialistas de los años 1880»

(vol. II, p. V).

El punto de referencia de este volumen es, pues, la I Internacional.

Cole expone el desarrollo del socialismo desde el Manifiesto de Marx y Engels hasta la creación de esta organización, en los principales países europeos: Alemania —con Rodnertus y Marlo—, Bélgica —Collins, Kats y De Keyser— y los albores del socialismo en Rusia. En esta primera parte del volumen, el autor más estudiado es Lassalle.

A continuación expone los acontecimientos que siguieron a la fundación de la I Internacional, es decir las luchas de Marx y Engels contra los «revisionistas» de todo tipo: Bakunin y los anarquistas, y el «socialismo alemán» de Dühring. Cole expone con cierto detenimiento las obras Das Kapital, de Marx, y Anti-Dühring, de Engels, para terminar con

la decisión tomada por Marx de trasladar la sede de la I Internacional a New York.

Este hecho supuso la disolución de esta asociación y también el surgir del socialismo en Norteamérica, con personajes como Henry George y Daniel De Leon. Cole termina este segundo volumen exponiendo el socialismo británico de W. Morris y dando una visión de conjunto de la situación de estos movimientos en los primeros años de la década 1890-1900.

El tercer volumen lleva por título «La II Internacional, 1889-1914», y aparece dividido en dos partes. En la primera se narran las luchas y divisiones doctrinales en torno a la II Internacional:

la discusión sobre los medios para la implantación del socialismo;

las causas de la guerra; los sindicatos; la unidad internacional de los socialistas y el colonialismo. Cole estudia en primer lugar el socialismo inglés, antes y después de la creación del partido laborista; a continuación trata de

la gran controversia «revisionista» en Alemania, entre los que propugnaban una simple «reforma» de la sociedad capitalista, de tal modo que la implantación del socialismo debería seguir los cauces legales y políticos existentes, y los «ortodoxos» que afirmaban que el único medio válido para la implantación del socialismo era la revolución violenta.

El autor expone las teorías de Jaurés y Sorel que dominaron la escena socialista francesa hasta 1905, y concluye el estudio europeo del socialismo con la situación en Rusia hasta 1905, fecha de la primera Revolución marxista en Rusia. También se detiene en la exposición del marxismo de Rosa Luxembourg.

La segunda parte de este volumen es una descripción del desarrollo del socialismo en los restantes países de Europa, Asia, América y Oceanía.

El cuarto volumen lleva por título «El comunismo y la Social Democracia 1914-1931». El autor señala que no pretende decir que todos los socialistas pertenecieran a uno de estos dos movimientos, sino simplemente que éstos han sido los dos estandartes principales en la lucha por la creación de la sociedad socialista.

Como dice el título, Cole comienza por la Revolución rusa de 1917 y las luchas internas entre los revolucionarios, de las que saldría vencedor Lenin y el partido bolchevique. Terminada la guerra civil rusa (1917-1921), comenzaría la influencia de este país en el desarrollo del marxismo en el Este de Europa: la Revolución en el Imperio Austrohúngaro y los países de los Balcanes son los temas de que trata el autor en las últimas páginas de esta parte.

La segunda parte, usando el mismo esquema del volumen tercero, se dedica a estudiar la situación del socialismo en los países restantes durante el período 1914-1931, concluyendo con un capítulo dedicado al socialismo y los derechos de la mujer, y otro de carácter comparativo dedicado a las características de los desarrollos del comunismo y de la Social Democracia en este período.

En el quinto y último volumen vuelve a aparecer una vez más la rivalidad entre Comunismo y Social Democracia, aunque el tema central sea el desarrollo del Fascismo y la oposición adoptada por el Socialismo. El título de este volumen es «El Socialismo y el Fascismo, 1931-1939», y después de proporcionar una visión genérica del «Mundo en los años 1930», Cole trata del ocaso del socialismo en Alemania, Países Escandinavos, Bélgica, Holanda, Suiza y Austria, y la guerra civil de España. Concluye el estudio del socialismo europeo con una visión de su desarrollo en Gran Bretaña, Francia y Europa oriental, para pasar a continuación a América: Estados Unidos, Canadá y América Latina. El volumen concluye con el inicio del comunismo en China en los años 1930.

VALORACIÓN DE LA OBRA

1. Economismo reduccionista.

Un aspecto que puede resultar chocante al enfrentarse con esta obra de Cole es la aparente inadecuación entre el título y el contenido. Efectivamente, bajo el título de Historia del pensamiento socialista, sólo se exponen las teorías socio-económicas de los autores socialistas. No se trata de un error de interpretación por parte del autor, sino simplemente de la expresión de un hecho: la reducción operada por todos los sistemas socialistas del ser del hombre a economía, del hombre a homo oeconomicus. Por eso,

aunque Cole se declare no marxista y no socialdemócrata, en realidad tiene en común con ellos de algún modo esa concepción de la economía como «ciencia total», como única verdadera ciencia y, por tanto, fundamento para efectuar la crítica «científica» de la religión, de la filosofía, del Estado, etc.

Un activismo materialista tiende necesariamente a constituirse en colectivismo economista: hacer de la humanidad una masa indiferenciada que produce y consume. Se comprende que, según la concepción marxista —y con ligeras modificaciones se puede afirmar lo mismo de todo socialismo—, la economía sea la base que condiciona la existencia y el desarrollo de los demás valores, de tal modo que bastaría con cambiar las condiciones económicas en que se desarrolla la vida de una sociedad, para que cambie a la vez la misma naturaleza del hombre, y se pueda acabar con la religión, la familia, la propiedad privada, y todas las demás situaciones «alienantes» que impiden al hombre alcanzar su verdadera libertad.

De aquí la radical oposición al cristianismo que hay en todo sistema socialista: son dos concepciones completamente opuestas sobre Dios, el hombre y el mundo, y sobre las relaciones de los individuos entre sí.

Estas características (de oposición al cristianismo) quedan suficientemente de manifiesto con una simple visión de la historia del socialismo. De este modo se completa —y se puede entender mejor— la exposición que ha hecho Cole con el nombre de «Historia del pensamiento socialista»: se puede ver cómo y dónde nace ese pensamiento, y qué formas prácticas ha tomado en la vida social.

2. Breve historia de los movimientos socialistas.

Para conseguir una mayor sistematicidad, dividiremos este resumen en cuatro apartados: a) antecedentes históricos del socialismo; b) el socialismo francés; c) el socialismo alemán: Karl, Marx y Friedrich Engels; d) el socialismo después de Marx[1].

a) Antecedentes históricos del socialismo.

Un personaje oscuro, pero que causó un influjo indudable en los primeros movimientos socialistas, fue el sacerdote francés Jean Meslier (1692-1730 aproximadamente). Meslier no publicó nada durante su vida, pero a su muerte dejó un documento conocido con el nombre de Testamento en el que, después de una rabiosa afirmación de ateísmo, afirmaba que para acabar con las desgracias del hombre, había que terminar primero con la tiranía de la religión y de la monarquía, que son invenciones de las clases dominantes para continuar detentando su poder absoluto. En el Testamento, Meslier también afirmaba que el matrimonio, la familia, la propiedad privada y la división en clases tenían su origen en la explotación de los poderosos, y terminaba con un llamamiento a la unión de los oprimidos: «vuestra salvación está en vuestras manos, vuestra liberación sólo dependerá de vosotros si sabéis entenderos entre vosotros» (Testamento, tomo III, ed. Ch. Rudolf, Amsterdam, 1864, p. 381).

Voltaire conoció este documento y le pareció «demasiado revolucionario», atreviéndose sólo a publicar parte de él en 1762; el Barón d'Holbach también hizo recaer la atención sobre Meslier, publicando en 1771 una obra titulada El buen sentido del padre Meslier, pero la publicación íntegra de esta obra sólo tuvo lugar en 1864.

Un poco posterior a Meslier es el benedictino Dom Deschamps (1716-1774), que constituye ya en cierto modo un anuncio del socialismo dialéctico.

Deschamps sufrió el influjo de Rousseau, Helvetius y D'Alambert, y su sistema filosófico consiste en una afirmación declarada de ateísmo, que puede ser considerada como un claro antecedente del sistema hegeliano. También causó un cierto influjo en las teorías de Fourier.

El último autor que queremos considerar, entre los precursores del socialismo, es Babeuf, que ha sido objeto de un verdadero culto por parte de los socialistas, aunque en realidad su influencia ha sido pequeña. Babeuf se distingue fundamentalmente de los anteriores en que se propuso llevar a la práctica las ideas que preconizaba, y para esto creó una especie de partido —el babouvismo—, con el fin de luchar por poner término a la existencia de la propiedad privada.

b) Socialismo francés e inglés.

1) Bajo el nombre de «socialistas utópicos», Marx solía calificar a los iniciadores del socialismo, y más concretamente al Conde de Saint-Simon, a Charles Fourier, Robert Owen y Etienne Cabet.

Saint-Simon es un representante típico del racionalismo francés de finales del siglo XVIII. Profesaba un culto entusiasta a la ciencia, a la que veía como el futuro principio motor y rector de la vida moderna. Como buen cartesiano, pensaba que la ciencia debía proporcionar una moral nueva, y un conocimiento cierto de la realidad que desplazaría a los dogmas religiosos. Saint-Simon anuncia ya el colectivismo marxista, aunque con grandes diferencias respecto a Marx, pues postula un papel preponderante y exclusivo del productor que se convertiría en dueño de las empresas en que trabajaba.

Charles Fourier nació en Besançon en 1771. Era hijo de un modesto comerciante, y su juventud transcurrió en diversos empleos de los que sólo obtuvo el odio hacia el sistema económico vigente y una condena a muerte —no llevada a cabo— por sus actividades revolucionarias. Marx vio en las teorías de Fourier un «humanismo cumplido», porque el ateísmo era el punto de partida de esta filosofía.

Fourier proponía un comunismo «utópico» consistente en la creación de un nuevo tipo de comunidades (los falansterios) basados en la asociación voluntaria del capital. La nueva célula de la sociedad sería la falange

(Fourier tenía verdadero odio hacia la institución familiar,

basada en una combinación «científica» de las pasiones capaz de garantizar su desarrollo integral. Fourier hacía un especial hincapié en la libertad sexual que reinaría en los falansterios y prometía a los trabajadores unas condiciones de trabajo tales que éste se convertiría en un placer y no en una carga.

Fourier murió en París, en 1837, y entre sus obras principales hay que citar La Théorie des quatre mouvements et des destinées génerales (1808), y el Traité d'association domestique agricole.

Robert Owen (1771-1858) antes de preocuparse por los problemas sociales había montado una fábrica de algodón en Lanarck, de la que obtuvo abundantes beneficios. Presenta una especie de comunismo en el que —igual que sucede en Fourier— el ateísmo es el punto de partida. Para Owen, el hombre es un ser irresponsable, y el que su conducta sea buena o mala depende exclusivamente de las condiciones de vida en que se encuentre. Según su concepción, la conducta viene determinada por el tipo de educación que haya recibido el sujeto de tal modo que, para poder llegar al establecimiento de la «nueva sociedad», es necesario que el hombre reciba una educación igualitaria, sin sanciones y en la que sean abolidas las ideas de jerarquía, propiedad y disciplina sexual.

Con estas ideas, Owen fundó en Indiana la colonia de New Harmony que pronto degeneró en la anarquía y en la promiscuidad. Vuelto a Inglaterra repitió su intento, pero el resultado volvió a ser el mismo. Entre sus obras más destacadas están Outlines of the rational system y la New view of society, or essays on the formation of a human character.

Etienne Cabet (1788-1856) pronto se hizo conocido en Dijon, su pueblo natal, más que por la brillantez de sus estudios por sus ideas revolucionarias. En 1834 fue condenado a dos años de prisión y tuvo que huir a Londres. Allí maduró sus ideas, evolucionando hacia una especie de comunismo que expuso en su obra Voyage en Icarie, publicada en 1840. Ocho años más tarde fundó una colonia en Navoo (Illinois) llamada Icarie, basada en la comunidad de bienes y manteniendo el matrimonio y la obligatoriedad del trabajo.

2) En Francia se desarrolló más posteriormente otro tipo de socialismo, comúnmente denominado «socialismo democrático», que tuvo sus principales figuras en Pierre Leroux, Victor Considerant y, especialmente Proudhon.

Leroux (1797-1871) centró sus esfuerzos en la elaboración de una religión del socialismo. Los resultados a los que llegó fueron la disolución del hombre en la Humanidad, una extraña especie de panteísmo que trata de explicar la realidad con un sistema de triadas (a imagen de la Santísima Trinidad), y la sustitución de la caridad por lo que él llama «solidaridad», que no es más que una filantropía reducida al amor de sí mismo.

Considerant nació en Salins, en 1808, y fue el discípulo más aventajado de Fourier. Su empeño fue convertir al cristianismo las doctrinas del maestro, pensando que para lograrlo bastaba con no eliminar la propiedad privada sino multiplicarla de tal modo que todos pudieran participar en ella y promover la asociación voluntaria de los capitalistas.

Pierre J. Proudhon nació en Besançon en 1809 y murió en Passy en 1865. De formación hegeliana, muestra en sus obras el anticlericalismo más agresivo, y fue considerado durante algún tiempo el líder del socialismo francés, hasta el punto de que Marx se desplazó a París con el fin de conocerle, aunque pronto comenzaron las disputas entre ambos.

En su obra ¿Qué es la propiedad?, después de responder que es un robo, busca la síntesis ente comunidad (tesis) y propiedad privada (antítesis), encontrándola en lo que él llama «posesión» que sería la concesión gratuita de unos bienes a los particulares, teniendo en cuenta el equilibrio de las fuerzas económicas de la sociedad.

Al conocer estas teorías, Marx se separó de él, dedicándole en El Capital el apelativo de «pequeño burgués» (y un «pequeño burgués es una contradicción viviente»).

Proudhon, por su parte, tachaba a la doctrina marxista de utópica, porque «todo jornalero aspira a ser empresario; todo oficial a ser maestro; los sueños del trabajador son tener coche, como antaño los del plebeyo eran llegar a ser noble; y hasta las mujeres aspiran a casarse para ser soberanas de un pequeño Estado que ellas llaman su casa».

Proudhon parece que fue el primero en hablar modernamente de la anarquía como futura fórmula del gobierno de la sociedad.

E1 socialismo alemán: Karl Marx y Friedrich Engels

1) Antecedentes del socialismo alemán: Rodbertus.

Colins, en Bélgica; Ruskin y Belfast, en el Reino Unido, y otros autores, habían hablado de un cierto tipo de socialismo colectivista, pero ninguno tuvo la importancia de Karl Rodbertus-Jagetsow, en el que se puede ver un antecedente próximo tanto del socialismo marxista como del «socialismo de Estado» de Lassalle.

En sus obras Reivindicaciones de las clases trabajadoras (1837) y Cartas sociales (1850-1852) insiste en que la ganancia obtenida por los propietarios procede de la explotación de los trabajadores, pues reciben los beneficios de algo en cuya producción no han participado. Este fraude se mantiene en la historia por culpa de la existencia de la propiedad privada.

Rodbertus no se atrevió a pedir la supresión de la propiedad privada, contentándose con exigir la libertad de contratación y encargando al Estado la vigilancia por la justa repartición de los beneficios a los obreros.

2) Karl Marx.

Nació en Tréveris el 5 de mayo de 1818. Su padre —Hirschel Marx— era judío de religión, pero las leyes de Prusia sólo permitían desarrollar profesiones liberales a los luteranos, y ante esta perspectiva tuvo que «convertirse» al luteranismo. Hirschel Marx era un gran admirador de Rousseau, Voltaire y Diderot; y educó a su hijo según las teorías de estos autores. No consta que Marx fuera bautizado, y no recibió ninguna formación religiosa: se puede decir que Karl Marx fue ateo desde su infancia.

En 1830 comenzó a asistir al Liceo de Tréveris, y en 1835 se inscribió en la facultad de derecho de Bonn. Al año siguiente conoció a Jenny von Westphalen, con la que se casaría en 1843. De ella tuvo seis hijos, tres de los cuales murieron muy jóvenes. Sus hijas se casarían después con socialistas, y contribuirían a la difusión de las ideas del padre.

En 1836, ante el poco aprovechamiento de sus estudios, en Bonn, su padre le inscribe en la facultad de Berlín. Aquí siguió los cursos de Savigny (que negaba el Derecho Natural) y de Gans (que explicaba la filosofía del derecho de Hegel). En 1837 comenzó a frecuentar el Doktorclub ,y entró en contacto con los partidarios de la «izquierda hegeliana»: conoció a Bruno Bauer, y cuando éste obtuvo una cátedra en Bonn, Marx se apresuró a presentar su tesis doctoral en Jena («Diferencia entre la filosofía de Demócrito y Epicuro») con el fin de obtener otra para sí, con el apoyo de Bauer. Era el año 1841.

Bauer fue expulsado de la universidad de Bonn y Marx —al no poder conseguir la cátedra— comenzó a escribir en la revista Rheinische Zeitung, atacando la idea de Estado Cristiano y dedicando una atención particular a las cuestiones sociales. Parece ser que también Engels colaboró en esta revista, aunque todavía no se inició su amistad con Marx. En 1843 la revista fue cerrada por orden del gobierno, y Marx marchó a París con un doble objetivo: conocer los movimientos socialistas y a Proudhon.

Su estancia en París duraría dos años. En ese tiempo fundó, con la ayuda de Arnold Ruge, los Deutsch-Französische Jahrbücher («Anales Franco-Alemanes»), de los que sólo edita un número. En este número de los «Anales» también colaboró Engels, con un artículo que gustó mucho a Marx (en 1859 todavía lo calificaba de «genial»). En Francia comenzó a estudiar a los «economistas clásicos»: A. Smith, D. Ricardo y J. B. Say, y también a sus críticos, especialmente Sismondi y Buret. Fruto de estos estudios serán los Manuscritos de 1844, publicados más adelante.

A finales de 1844, Marx y Engels —juntos por primera vez— escriben La Sagrada Familia, que sería publicada en 1845, año en el que K. Marx fue expulsado de Francia, y se establece en Bruselas. Allí le alcanzó Engels y escriben La ideología alemana, crítica de las teorías de Feuerbach, Bauer y M. Stirner.

1846 es el año de la ruptura entre Marx y Proudhon: éste escribió La filosofía de la miseria, y Marx le respondió al año siguiente con La miseria de la filosofía. Por esta época se produjo su entrada en la Liga de los Comunistas, a la que cambió el lema de «Todos los hombres son hermanos» por el conocido «Proletarios del mundo uníos». Pronto se hizo con el poder y ese mismo año, a petición del II Congreso de la Liga, Marx y Engels escribieron el Manifiesto del partido comunista, publicado por primera vez en 1848.

Durante ese año tuvieron lugar una serie de revoluciones en Alemania, y Marx pudo volver a su país. Entró como redactor jefe de la Neue Rheinische Zeitung y colaboró en el movimiento comunista de Colonia hasta que, tras el fracaso de este movimiento, fue otra vez expulsado y tuvo que establecerse —ya de modo definitivo— en Inglaterra. De esta época fueron los artículos que, en 1895, Engels recogió en La lucha de clases en Francia y los que forman El 18 Brumario de Luis Bonaparte.

En 1849 Marx se establece definitivamente en Londres. Durante esta época sufrió apuros económicos, puestos de manifiesto en sus cartas a Engels. Para conseguir algún dinero, publicó durante estos años una serie de artículos periodísticos para el «New York Tribune». En 1859 aparece Para la crítica de la economía política.

En 1864 comienza un nuevo período de la vida de Marx, centrado especialmente en sus luchas contra las desviaciones de la «ortodoxia socialista» que él propugnaba. En ese año participó en la formación de la «I Asociación Internacional de Trabajadores» (más conocida como «I Internacional»), de la que sería miembro hasta 1876. Como directivo de la I Internacional, Marx dedicó todos sus afanes a luchar contra los seguidores de Proudhon en Francia, los de Lassalle en Alemania y los anarquistas encabezados por Bakunin.

En 1867 aparece el primer libro de El Capital.

Tres años después estallaría la guerra franco-prusiana. Marx, al principio, adoptó una postura en favor de los prusianos, pues su victoria «sería a la vez la victoria de nuestra teoría respecto a la de Proudhon» (Carta a Engels, del 20-VII-1870). Pero más tarde cambió su postura y se unió a la Comuna, de París, a la que consideró como «un heraldo glorioso de la nueva sociedad» (La guerra civil en Francia).

En el Congreso de La Haya, de 1872, Marx consiguió que Bakunin fuera expulsado de la Internacional, y también que la sede de la asociación se trasladara a New York, con la excusa de que así se evitaría la infiltración de proudhonistas y bakuninistas: en New York la Internacional tuvo una vida lánguida hasta que por fin desapareció.

A partir de 1873, Marx se retiró prácticamente de la vida pública, dedicándose casi por completo a El Capital. Durante la última década de su vida y ante el fracaso de las experiencias revolucionarias en Francia, Alemania e Inglaterra, parece ser que comenzó a considerar a Rusia como un lugar propicio para la implantación del socialismo. El 14 de marzo de 1883, Karl Marx moría en Londres.

3) Friedrich Engels.

Engels nació el 28-XI-1820, en Barmen (Westfalia), en una familia burguesa de industriales. Hasta hace poco tiempo se tenía la idea de que Marx hubiese «educado» a Engels para el socialismo, pero la publicación de sus escritos juveniles (vid. Marx-Engels Gesamtausgabe, MECA, I, Abt., Bd. II: F. Engels Werke und Schriften bis Anfang 1844) ha mostrado un Engels que padeció por su cuenta la crisis operada en Alemania, en la primera década después de la muerte de Hegel, y que en el momento de su encuentro con Marx llevaba ya algunos años de andar por el mismo camino.

Engels sufrió el influjo de Hegel a través de las enseñanzas de Strauss, Bauer y Feuerbach. Sus primeros escritos filosóficos están dedicados a la especulación teológica: «La convicción religiosa es un asunto del corazón, y se relaciona con el dogma sólo en la medida en que éste contrasta o no con los sentimientos...» (Carta a Graeber, 12-VII-1839, loc. cit. p. 530 s.). Pero muy pronto se dejó sentir el influjo de Strauss, y se dejó llevar por el irracionalismo religioso: «La religión es un asunto del corazón, y el que tiene corazón puede ser piadoso; pero si por el contrario su piedad tiene su raíz en el intelecto, ese no tiene religión» (Carta a F. Graeber, 27-VII-1839, loc. cit. p. 531s.). Pese a la deformidad de su concepción —típicamente luterana—, no cabe duda de que durante este período, Engels se muestra muy diverso de Marx que —como ya hemos dicho— nunca tuvo alguna preocupación religiosa.

La lectura de la Entmythologisierung, de Strauss, le convirtió a la «izquierda hegeliana», y Engels pasó decididamente a mostrar el ateísmo del sistema hegeliano.

Durante el bienio 1841-42, aparte de sus controversias con Schelling por su intento de conciliar fe y razón y por el abandono de su primitivo panteísmo, Engels se hizo comunista. A finales de 1842 fue a Manchester a trabajar en una hacienda paterna y se produjo su primer contacto con el mundo laboral. Publica el ensayo Situación en Inglaterra, en el que todavía aparecen los problemas religiosos; pero quizá el trabajo más significativo de este período es su crítica al libro Past and Present, de Th. Carlyle, en la que ya aparece una crítica positiva a la religión. La religión —dice Engels— es en su esencia un vaciarse del hombre, y hay que acabar con ella para poder restituir al hombre los valores que ha perdido por su causa (cfr. Die Lage Engels, MEGA, I, 2, p. 427). También pertenece a esta época su Esbozo de una crítica de la economía política.

A partir de 1843 comenzó su amistad y colaboración con Marx. El primer fruto de esta unión fue un artículo en los «Anales Franco-Alemanes», al que seguirían en años sucesivos La Sagrada Familia, La ideología alemana, etc.

En 1844 comenzó a trabajar en su obra La situación de las clases trabajadoras en Inglaterra, que terminó en el año 1849. A petición de los comunistas redactó los Principios del comunismo, antes de que a él y a Marx se les encargara la redacción del Manifiesto.

Después del fracaso de la revolución de 1848, publicó La campaña constitucional en Alemania, La guerra de los campesinos en Alemania y Revolución y contrarrevolución en Alemania. En 1850 Engels volvió a la fábrica paterna de Manchester, y desde allí continuó su colaboración con Marx, principalmente en la redacción de los artículos políticos de la época 1851-1870 para el «New York Tribune». Cuando Marx se retiró de la vida pública —hacia 1873—, Engels asumió todo el peso en la difusión y defensa del marxismo contra los ataques de revisionistas y anarquistas: de los años 1876-77 son sus polémicas contra el socialista E. Dühring, recogidas en su obra Anti-Dühring (de la que Marx redactó un capítulo), que encontró una fuerte oposición en los «reaccionarios» Bernstein, Most, Wahlteich, etc. A causa de estas polémicas había tenido que interrumpir sus trabajos sobre la «dialéctica de la naturaleza»; y los tuvo que volver a interrumpir a la muerte de Marx, para dedicarse a poner en orden las notas y manuscritos dejados por su amigo.

En 1885 publicó el II libro de El Capital, y en 1894 —once años después de morir Marx— publicó el libro III. Durante este período prácticamente fue éste el único trabajo que desarrolló, aparte del apoyo propagandístico que dedicó a los diversos partidos comunistas europeos (especialmente al ruso). En 1895 murió, y por deseo suyo fue incinerado.

4) Adversarios de Marx y Engels: socialismo de Estado y anarquismo.

El máximo exponente del «socialismo de Estado» fue F. Lassalle. La diferencia fundamental con el marxismo consistía en la táctica propugnada para lograr el establecimiento de la sociedad socialista: Lassalle negaba la necesidad de la revolución, y encomendaba al Estado el establecimiento del socialismo. Con este fin, quiso crear un partido político obrero para —con la ayuda del Estado— lograr la transformación de los trabajadores en patronos: así surgió la «Asociación de Trabajadores» que sería el primer embrión del partido social-demócrata alemán.

El programa de Lassalle se podría resumir diciendo que la historia de la Humanidad no sería otra cosa que una larga lucha por la conquista de la libertad sobre la Naturaleza, las opresiones de todo tipo (especialmente la religiosa), la miseria, la ignorancia, la pobreza y la debilidad que rodean al hombre. Para conseguir la victoria en esta lucha es indispensable la unión de los trabajadores, y esta unión la crea el Estado, pues sólo él es capaz de conseguir el «desarrollo de la Humanidad hacia la libertad».

Lassalle murió en 1864 y sus doctrinas no gozaron de mucha estima entre los ortodoxos; así en el Congreso de Erfurt (1891) fue «condenado». De todos modos, a través de su discípulo Wagner, influyó en gran medida en el partido laborista inglés.

En el IV Congreso de la I Internacional (Basilea 1869) aparecieron dos tendencias principales: los marxistas y los anarquistas que exigían la inmediata destrucción del Estado. Después de cuatro años de continuas disputas, en el Congreso de La Haya, de 1872, los anarquistas, encabezados por Bakunin, rompieron definitivamente con los marxistas.

Bakunin había nacido en Torjov, cerca de Moscú, en 1814, en el seno de una familia acomodada. Su padre esperaba de él que se dedicara a la burocracia, pero a los veintiún años escapaba de Moscú y comenzaba su vida de anarquista errante por Europa.

Hacia 1840 llega a Berlín y allí entra en contacto con los exponentes de la «izquierda hegeliana», especialmente con Max Stirner[2], que influyó decisivamente en su concepción del socialismo. En 1848 tomó parte en la revolución de Dresde, fue hecho prisionero y entregado al gobierno zarista que lo desterró a Siberia. En 1860 consigue huir y, a través de Japón y Estados Unidos, vuelve a Europa donde participa en los intentos de revolución de Rusia, Polonia e Italia. En 1867 participa en el I Congreso de la «Liga de la Paz» sufriendo un desencanto ante el «pacifismo» de Victor Hugo, Garibaldi, etc., de tal modo que al año siguiente fundó la «Alianza de la Democracia Socialista» que se anexionó a la I Internacional. Sus disputas con Marx podrían resumirse con una frase de Bakunin:

«Marx me llamó un idealista sentimental, y tenía razón; yo le llamé un hombre vanidoso, pérfido y pícaro, y yo también tenía razón».

Así, después del Congreso de La Haya,

Bakunin fundó la «Federación Jurasiana», que fue la cuna de casi todos los anarquistas de finales del siglo XIX.

Sus obras principales son Dios y el Estado, Cartas a un francés, El catecismo revolucionario, Los principios de la revolución y el Cartolario social-político. Bakunin murió en Berna, en 1876.

El lema del anarquismo fue: «ni Dios, ni amo, no obedeciendo cada uno más que a su propia voluntad»

(Grave, La société future, París, 1895). Para Bakunin, el Estado es «la suma de las negaciones de la libertad del individuo» y la sociedad la causa de todos los crímenes que se cometen. Por tanto, sería necesario la inmediata destrucción de la sociedad capitalista, para poder establecer la «nueva sociedad» en la que no habrá ninguna autoridad y que será naturalmente buena, porque estará fundada en la libertad de los individuos que —al igual que en la concepción rousseauniana— también son buenos por naturaleza.

«La revolución la comprendemos como el desencadenamiento de lo que se llaman hoy malas pasiones, y la destrucción de lo que en el mismo lenguaje se denomina orden social... El bandido es un héroe, un defensor, un salvador del pueblo... Es preciso destruir lo existente sin distinción y ciegamente, con este único pensamiento: lo más posible, y lo más rápidamente posible. Veneno, puñal, lazo... La Revolución santifica todo en este orden de medios. El campo es libre»

(Bakunin, Sozial-politischer Briefwechsel, pp. 335, 353 y 361).

d) El socialismo después de Marx.

Muy pronto surgieron las escisiones entre los seguidores de Marx, a lo cual también contribuyó la oscuridad en que Marx dejó muchas cuestiones de sus teorías.

En general, se puede decir que surgieron dos tendencias: una la del marxismo «ortodoxo», de carácter revolucionario; y otra de carácter más conservador, posibilista y reformista, conocida con el nombre de «revisionismo».

La primera tendencia estuvo representada en Alemania por Most y Hasselman, en Italia por Ferri y Labriola, y en Francia por Guesde y Lafargue (que pronto abandonaron la «ortodoxia»). Entre los representantes de la segunda tendencia estuvieron Bebel en Alemania; Malón, Renard, Fournière, Jaurés, Sorel y Millerand en Francia; Bisolati y Turati (y también Benito Mussolini) en Italia.

Sin ninguna duda, la figura más importante del «marxismo revisionista» fue Bernstein, mientras que el líder indiscutido del «marxismo ortodoxo» fue Lenin.

Eduard Bernstein nació en 1850 en Berlín. Era hijo de un empleado de los ferrocarriles alemanes, y comenzó a trabajar como empleado de banca, para después hacerse periodista, escritor y político: ingresó muy joven en el partido socialista alemán, siendo uno de los delegados en el Congreso de Gotha de 1875. Es el autor que más ha influido en la línea ideológica de la social democracia alemana. Sus obras principales son Die Voraussetzungen des Sozialismus und die Aufgaben der Sozialdemokratie, Zur Theorie und Geschichte des Marxismus y Der Revisionismus in der Sozialdemokratie.

Bernstein parte del principio de que «la elaboración y desarrollo ulteriores de la doctrina marxista debe comenzar con la crítica de la misma». Los elementos más importantes de su «crítica» al marxismo son: la no conformidad con la necesidad de la revolución para lograr el establecimiento del socialismo; la negación de la teoría marxista de la progresiva acumulación del capital en manos de unos pocos capitalistas; y la negación de la progresiva miseria del proletariado en base a la comprobación del progresivo aumento de la clase media.

Vladimir Ilitch Ulianov (Lenin) nació el 10-IV-1870 en Simbirsk (hoy Ulianovsk, en honor suyo). Era hijo de un inspector de enseñanza y su madre pertenecía a la pequeña nobleza rural alemana. Tuvo cinco hermanos, el mayor de los cuales fue ejecutado en 1887 por su participación en el atentado contra el zar Alejandro II. Comenzó a asistir a la facultad de derecho de la universidad de Kazan, de la que fue expulsado por sus actividades revolucionarias. En los alrededores de 1890 se dedica al estudio intenso de El Capital y a las actividades del círculo clandestino que había formado en Samara. En 1891 obtuvo el título de abogado en la universidad de San Petersburgo.

En 1893 se unió a un círculo de jóvenes teóricos marxistas compuesto por Struve, Tugan-Baranovskii, Potresov, etc., que deseaban publicar legalmente literatura política marxista: muy pronto Lenin se convertiría en líder de ese grupo. Al año siguiente formó la «Unión de combate de San Petersburgo para la libertad de la clase obrera», como centro intelectual (en 1897, pese a su oposición, también entraron a formar parte representantes de la clase obrera, y Lenin escribió la Protesta contra un escrito titulado el Credo, que defendía ideas revisionistas semejantes a las de Bernstein). En 1895 hizo un viaje a Suiza a conocer a Plekhanov y publica la revista «La causa de los trabajadores». Ese mismo año es detenido, y en prisión comienza a escribir Desarrollo del capitalismo en Rusia. En 1897 es deportado a Siberia.

En 1900 terminó su destierro y comenzó el exilio. Funda dos publicaciones: «Amanecer» e «Iskra» que no gozaron de buena acogida. En 1902 publica ¿Qué hacer?, y al año siguiente consiguió la victoria frente a los «mencheviques» en el congreso del partido celebrado en Londres. En 1904 publica Un paso hacia adelante, dos hacia atrás, y en 1905, al estallar la revolución, vuelve a Rusia, pero tiene que huir de nuevo ante el fracaso del movimiento. En 1909 escribe Materialismo y empirio-criticismo, y hasta 1917 permanecerá por diversos países europeos, publicando El imperialismo, última fase del capitalismo (1916). Al estallar la revolución de 1917 vuelve a Rusia y se opone al gobierno de Kerenski bajo el grito: «todo el poder a los soviets»: en octubre de ese año, Lenin es el jefe del Consejo de Comisarios del Pueblo, y comienza la colectivización del país: para esta época ya ha escrito El Estado y la revolución y ha derrocado el gobierno de Kerenski. Poco a poco consigue la preeminencia de los bolcheviques en el consejo de los soviets (al principio eran minorías) y cuando lo consigue da un «golpe de estado», terminando con los demás partidos marxistas que formaban parte de ese consejo. En 1920, ya como jefe absoluto de la URSS, escribe

La enfermedad infantil del comunismo, el izquierdismo, contra los que afirmaban que la revolución había supuesto en realidad la dictadura del partido y no la del proletariado.

Lenin murió el 21-I-1924, después de crear una nueva «ortodoxia» dentro del marxismo: el marxismo-leninismo, que se había de convertir en la regla única para juzgar los posteriores desarrollos de las teorías marxistas.

A la muerte de Lenin comenzó una verdadera guerra por el poder que, como es sabido, tuvo como vencedor a Stalin. Iosif Visarrionovic Stalin nació en 1879 en Gori. Su padre era zapatero y envió a su hijo a estudiar a la escuela eclesiástica de su pueblo. A los quince años, Stalin ingresó en el seminario cismático griego de Tiflis: en esta ciudad se produjeron sus primeros contactos con el socialismo y sus primeras actividades revolucionarias, sobresaliendo por su capacidad de ejecución, motivo que más tarde le valdría el aprecio de Lenin, que veía en él un enérgico ejecutor de sus planes. Estuvo varias veces deportado en Siberia, y en 1917 tomó parte activa en la Revolución. A partir de esta fecha comenzó su escalada política, para ir ocupando puestos cada vez más importantes en el interior del partido bolchevique.

A la muerte de Lenin era secretario del Politburó.

Para conseguir el poder, el primer paso fue conseguir la expulsión de Trotsky y de los partidarios de la «revolución permanente», acusándoles de «desviacionismo de izquierda». A continuación consiguió acusar de «desviacionismo de derecha» a los que le habían apoyado en la expulsión de Trotsky:

en 1936, con la nueva Constitución de la URSS, obtuvo el poder absoluto y proclamó la realización del socialismo, primera etapa del comunismo.

La época de Stalin fue una época de terror —que en realidad ya había comenzado con Lenin—: durante la colectivización forzada de 1932-34 murieron millones de personas (3 millones según el comisario del pueblo Petrovskii, 5 millones según cálculos «prudentes» del órgano menchevique «Socialisticeskii Vestnik», según Bilitzkii —jefe de la G. P. U.— murieron sólo en Ucrania 8 millones, etc.); durante los años del exterminio de la oposición fueron fusilados más de un millón de personas; de entre los colaboradores de Stalin entre 1937 y 1938 fueron «eliminados» 5 de los 7 presidentes del Comité ejecutivo central, 9 de los 11 ministros centrales de la URSS, 43 de los 53 secretarios de las organizaciones centrales del Partido; el 90 por 100 de los jefes de partidos comunistas extranjeros que vivían en Moscú, el 54 por 100 de los generales del ejército, la mayor parte del estado mayor de la G. P. U., etc. Basta decir que de los 22 miembros del Comité Central del Partido que protagonizaron la Revolución de 1917, sólo sobrevivió a las depuraciones Alexandra Kollontai. Además, los condenados a trabajos forzados alcanzaron cifras inimaginables: algunos autores calculan que sólo durante el bienio 1932-34 fueron deportados a Siberia unos 12 millones de personas (cfr. D. Dallin y B. Nikolaevskii, Forced Labor in Soviet Russia).

3. La Iglesia ante el socialismo.

En esta breve exposición de las principales corrientes socialistas se puede observar que hay algunos puntos que son comunes a casi todos los autores: en primer lugar el ateísmo radical, puesto como verdadero punto de partida necesario para poder construir la «nueva sociedad» que preconizan; además, la concepción de la natural bondad del hombre que achaca todos los males a la sociedad, negando la libertad y responsabilidad personales en las acciones de los individuos; y, por último, la negación de todo el derecho natural: familia, matrimonio, propiedad privada, etc.

También es un punto común a casi todos los pensadores socialistas —de las tendencias más variadas—, ver en la Iglesia el mayor enemigo para llevar a cabo sus propósitos. Sus ataques a la religión y a la Iglesia se han producido sistemáticamente en toda la historia del socialismo. Basten unos ejemplos: en el I Congreso Socialista se afirmó que «la religión será libre, como cosa privada» (lo cual es ya una negación del Cristianismo): esta fórmula se quiso suprimir en el Congreso de La Haya, pero se mantuvo —a propuesta de Liebneckt— «para embaucar a los gañanes y confundir a los campesinos». En 1893, Bebel —representante del marxismo revisionista— afirmaba que «la democracia social tiene un solo adversario, y éste es el catolicismo». El diputado Seguit, socialdemócrata de Baviera, dirigiéndose al diputado Heim, del Centro Católico, le decía: «vosotros sois nuestros más peligrosos adversarios, y la última prueba decisiva se dará entre vosotros y nosotros». Se podrían multiplicar los ejemplos. Los ataques a la religión son una constante en los pensadores socialistas.

El Magisterio de la Iglesia, viendo en estas doctrinas —y más especialmente todavía en el marxismo, que es radicalización de todas ellas— el cúmulo de todos los errores, ha sido constante en su condena, afirmando que «existe una diferencia tan grande entre su perversa dogmática y la purísima doctrina de Jesucristo que no la hay ni puede haberla mayor» (León XIII, Enc. Quod apostolici muneris, Leonis XIII P. M. Acta, Roma, 1891, ss. pp. 175-176). Así, Pío IX afirmaba que el socialismo es el «nefasto enemigo número uno del derecho natural» (Enc. Qui pluribus, Pius IX P. M. Acta, 1854 ss. 1, p. 9), y constituye «un sistema horrendo y catastrófico, opuesto como ningún otro a la razón y al derecho natural» (Enc. Quibus quantisque, P. A. 1, p. 172), que lleva inexorablemente a «la subversión integral del orden de las realidades humanas» (Enc. Nostis et nobiscum, P. A. 1, p. 204).

El Magisterio de la Iglesia vio siempre el verdadero fin que perseguían estos sistemas, y que se puede resumir con la conocida frase de Feuerbach, recogida por Marx: «la crítica de la religión tiene su término en la doctrina según la cual el hombre es para el hombre el ser supremo» (Feuerbach, L., La esencia del cristianismo, cit. por Marx en Contribución a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel). Así, León XIII decía que este sistema «llega a tal grado de malicia en el pensamiento de muchos, que nada admite por encima del hombre, busca exclusivamente los bienes corpóreos y externos y pone la felicidad humana en la adquisición y goce de estos bienes» (Enc. Graves de Communi, L. A. 21, p. 6). Y este antropocentrismo radical que excluye lo divino es el núcleo del que se deriva el resto de la doctrina socialista: «de aquí su pretensión de que el poder esté en manos de la plebe, para que, suprimidas las clases sociales y nivelados los ciudadanos, se abra paso también a la igualdad de los bienes entre todos. Como consecuencia, deberá suprimirse el derecho de propiedad... » (ibíd.).

A la muerte de Marx, el socialismo se dividió en dos bloques principales: el marxismo «ortodoxo» y el «revisionista», Pío XI advertía esta división en 1931, y condenaba ambos tipos de socialismo: «El socialismo que entonces (se refiere al pontificado de León XIII) podía considerarse, en efecto, como único, y propugnaba unos principios doctrinales definidos y un cuerpo compacto, se fraccionó después principalmente en dos bloques de ordinario opuestos y aun en la más enconada enemistad, pero de modo que ninguno de esos dos bloques renunciaría al fundamento anticristiano propio del socialismo» (Enc. Quadragesimo anno, MS: 23 (1931), p. 212).

Por tanto: 1) Los principios fundamentales últimos del socialismo —y Pío XI se está refiriendo más especialmente al socialismo no comunista— siguen siendo incompatibles con la doctrina católica. «Pero, ¿qué decir si, en lo referente a la lucha de clases y a la propiedad privada, el socialismo se suaviza y enmienda hasta el punto de que, en cuanto a eso, ya nada haya de reprensible en él? (...): como doctrina, como hecho histórico o como «acción social», el socialismo, si sigue siendo verdadero socialismo, aun después de haber cedido a la verdad y a la justicia en esos puntos indicados, es incompatible con los dogmas de la Iglesia Católica, puesto que concibe la sociedad de una manera sumamente opuesta a la verdad cristiana» (ibíd., p. 215). 2) La causa de esta incompatibilidad reside en el inmanentismo absoluto del sistema socialista, que niega toda trascendencia. Después de decir que el fin último del hombre, que es por naturaleza un ser social, es dar gloria a Dios, Pío XI afirma que «el socialismo, en cambio, ignorante y despreocupado en absoluto de este sublime fin, tanto del hombre como de la sociedad, pretende que la sociedad humana ha sido instituida exclusivamente para el bien terreno» (ibíd., p. 215). 3) Como conclusión,

hay que decir que un católico no puede ser socialista,

porque «socialismo religioso, socialismo cristiano son expresiones que implican términos contradictorios: nadie puede ser a la vez buen católico y verdadero socialista» (ibíd., p. 216). Esta misma doctrina fue recogida por Juan XXIII (cfr. Enc. Mater et Magistra, AAS 53 (1961), pp. 408 ss.), que calificó de insensatez máxima «el intento de establecer un orden temporal, sólido y provechoso (...) prescindiendo de Dios» (ibíd., pp. 452-453).

El Concilio Vaticano II, aunque sin citarlo, se refiere directamente y condena el ateísmo marxista, como se puede deducir (basta tener en cuenta el Informe Ilitchev sobre la religión y la propaganda atea del Congreso del Partido Comunista de la URSS de 1964, para ver la alusión de los Padres Conciliares) de la declaración de que «los defensores de esta doctrina, cuando logran alcanzar el dominio político del Estado, atacan violentamente a la religión, difundiendo el ateísmo, sobre todo en el campo de la educación de los jóvenes» (Const. Gaudium et spes, n. 20). «Es conocido que a la hora de presentar el esquema de la Constitución para su discusión, un grupo de Padres propuso que se volviera a condenar explícitamente el ateísmo marxista; pero esta propuesta no fue aceptada, especialmente porque los Padres de las naciones con régimen comunista temían que esa condena empujara a aquellos gobiernos a privarles, por represalia, aun de los pocos residuos de libertad concedidos» (C. Fabro, L'uomo e il rischio di Dio, Studium, Roma, 1967, p. 72, nota).

Por su parte, Pablo VI ha afirmado que «el cristiano que quiere vivir su fe en una acción política, concebida como servicio, tampoco puede adherirse a sistemas ideológicos que se oponen radicalmente o en puntos sustanciales, a su fe y a su concepción del hombre. No le es lícito, por tanto, favorecer a la ideología marxista, a su materialismo ateo, a su dialéctica de la violencia, y a la manera como ella entiende la libertad individual dentro de la colectividad, negando al mismo tiempo toda trascendencia al hombre y a su historia personal y colectiva» (Epist. Octogesima adveniens). Recientemente Pablo VI ha condenado expresamente estas teorías —y otras derivadas o estrechamente unidas a ellas—, calificándolas como «la tentación más grave de nuestro tiempo»: «Ciertamente conocéis las expresiones fieramente concretas y desgraciadamente totalitarias, a las que ha llegado esta aberración del pensamiento moderno, cuando afirma con agresiva virulencia que 'el hombre es el ser supremo para el hombre' (Marx), que la antropología debe sustituir a la teología (Feuerbach), que hay que situar a la humanidad en el lugar del Ser supremo (Comte), que 'Dios ha muerto' para el hombre moderno (W. Hamilton, etc.). La religión ya no tiene razón de ser para estos profetas del materialismo, del positivismo, del fenomenismo social» (Alocución, 17-VII-74, «L'Osservatore Romano», 18-VII-74, p. 1).

D.E. y M.H.

[1] Expondremos un breve resumen de las teorías de aquellos autores de los que no hay recensión. Para las doctrinas de los autores más importantes (Marx, Engels, Lenin, ...) remitimos a las Recensiones correspondientes.

[2] Max STIRNER (1806-1856) pertenece a la izquierda hegeliana antropológica, en la línea de NIETZCHE: transfiere la pseudo-trascendencia del Absoluto hegeliano al Superhombre o Singular. ENGELS declaraba a MARX que prefería el ateísmo de STIRNER derivado del egoísmo, al de FEUERBACH que parte de Dios para llegar al hombre (Carta, 19-XI-1844, cfr. Briefwechsel zwischen Marx und Engels, MEGA, III, 1, p. 7).

En su obra El Unico (1844), STIRNER afirmaba que las ideas de Dios, Iglesia, Estado, Humanidad, ..., no son más que fantasmas que limitan el yo individual. Sólo existen los individuos, cuya única ley es la fuerza: el que la tiene, tiene también el derecho a tomar lo que desee de los demás. Afirma que la sociedad debe ser sustituida por la Unión de los egoístas, en la que sólo se buscará la satisfacción de las necesidades personales e individuales, bajo el lema: «No reconozco ni respeto nada en los demás sólo quiero servirme de ellos» .

27.1.10

Heinz Dieter, datos biográficos

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Tomado de:

http://es.wikipedia.org/wiki/Heinz_Dieterich

Heinz Dieterich Steffan
De Wikipedia, la enciclopedia libre

Heinz Dieterich Steffan (1943, Rotenburg an der Wümme) es un sociólogo y analista político alemán, residente en México. Conocido por sus posiciones izquierdistas, colabora con varias publicaciones y lleva publicados más de 30 libros sobre la conflictividad latinoamericana, la sociedad global y los sucesivos paradigmas científicos e ideológicos que cruzaron al siglo, entre otras muchas cuestiones no menos complejas.

Dieterich es un gran impulsor del concepto de Socialismo del siglo XXI.

Tras completar sus estudios de sociología, Heinz Dieterich ha vivido y ejercido en Latinoamérica.

Desde 1977 es profesor de sociología y metodología en la Universidad Autónoma Metropolitana en México, D.F.

Desde entonces se ha mostrado altamente interesado en la política y los movimientos sociales de Latinoamérica, escribiendo cantidad de documentación al respecto.

Es considerado como una de las figuras más sobresalientes de la Nueva Escuela de Bremen de sociología, implementando principios de cibernética, mecánica cuántica y el "principio de equivalencia"' a dicha disciplina. En 1996 contribuyó a la creación del medio alternativo de información Rebelión, del cual es colaborador habitual.

Dieterich supone uno de los referentes a la hora de analizar la deriva teórico-práctica de la izquierda anticapitalista posterior a la caída de la Unión Soviética. Sus aportes suponen una alternativa a la falta de un proyecto de construcción económica, política y social de la cual adolecía el movimiento altermundista surgido durante la década de 1990.

En su obra Socialismo del Siglo XXI explica la base teórica del concepto homónimo, la cual encuentra su aplicación práctica más directa en el proceso revolucionario de Venezuela y, en menor medida, en sus homólogos en Bolivia y Ecuador. Dieterich es asesor gubernamental del gobierno bolivariano de Venezuela.

Otra de sus obras de especial interés, La Aldea Global, escrita junto a Noam Chomsky, es un libro en contra del sistema capitalista y el pensamiento único.

(...)

Obtenido de "http://es.wikipedia.org/wiki/Heinz_Dieterich_Steffan"
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19.1.10

Rodbertus, datos biográficos

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Las negrillas, citas en bloque y separación de algunos párrafos son nuestros para efectos de estudio.

Johann Karl Rodbertus
De Wikipedia, la enciclopedia libre

Johann Karl Rodbertus o Rodbertus-Jagetzow (Greifswald, 12 de agosto de 1805 – Jagetzow, Demmin, 6 de diciembre de 1875) fue un economista alemán defensor de la teoría del valor-trabajo y partidario del socialismo de estado.

Primeros años

Era el hijo de un profesor de Derecho y él mismo se graduó en Leyes, después de estudiar en Friedland, Gotinga y Berlín. Luego estudió Filosofía en la Universidad de Heidelberg y Economía en la Universidad de Dresde. Viajó por Holanda, Francia y Suiza, antes de establecerse en la hacienda de Jagetzow que había comprado recientemente.[1]

Concepciones

Para Rodbertus solamente los bienes que resultan de trabajo son bienes económicos y los demás, tales como la luz del sol, que no resultan de trabajo, son bienes naturales cuyo estudio no corresponde a la economía.

Una mercancía, en tanto bien económico es solamente producto del trabajo y cualquier otro enfoque sobre ella es asunto de los físicos; ninguna parte del valor del grano, por ejemplo, debe ser atribuida al sol o al suelo.

Los bienes económicos son productos del trabajo que entró su composición y del trabajo que creó los instrumentos que permitieron esa producción. El valor del grano, por ejemplo, no proviene simplemente en el labrador sino también en el trabajo de los que fabricaron el arado. La renta, entendida por Rodbertus como el ingreso percibido por el dueño de la tierra o el empresario que contrata al trabajador, es equivalente al trabajo no retribuido a este.[2]

Rodbertus consideró entonces tanto la ganancia del empresario como la renta del suelo, como parte del trabajo excedente, concepción que permite analizar cómo la plusvalía se reduce a la apropiación por el capitalista del producto excedente del trabajo,[3] aunque no especificaba, como Marx, cómo la ganancia se convierte en renta del suelo.[4]

La teoría de Rodbertus tiene sus antecedentes en Adam Smith[5] y David Ricardo y los ricardianos, uno de los cuales publicó en 1821 un análisis del producto excedente del trabajo del obrero, apropiado como capital.[6]

William Thompson, en 1824, consideró la apropiación de ese trabajo excedente como un despojo y condujo esta teoría hacia la reivindicación del cooperativismo y el socialismo.[7]

De orientación estatista, Rodbertus propugnó la instauración de un régimen socialista, en el cual el Estado se encargue de retribuir el trabajo y fijar los precios, encargándose completamente del comercio y la distribución.

Sus principales obras fueron Die Forderungen der arbeitenden Klasse (La reivindicación de la clase trabajadora, 1837); Zur Erkenntniss unserer staatswirtschaftlichen Zustände (Hacia el entendimiento de las condiciones de nuestra economía estatal, 1842) y Soziale Briefe an von Kirchmann (Carta sociale a von Kirchmann, 1850-1851).

Referencias

Cole G.D.H. 1960. History of Socialist Thought: Volume II Part II. London: Macmillan, p.p. 20-21.
↑ Soziale Briefe an von Kirchmann. Berlin, 1851.
↑ Marx, Karl Teorías sobre la Plusvalía, capítulos VII y XXI
↑ Engels, Federico 1885. "Prólogo"; Karl Marx El Capital II.
↑ Riqueza de las naciones, libro I, capítulos IV y VIII
↑ Anónimo. 1821."The possessors of surplus produce or capital"; The Source and Remedy of the National Difficulties. Londres,
↑ An Inquiry into the Principles of the Distribution of Wealth most conductive to human happiness. Londres, 1824.

Obtenido de "http://es.wikipedia.org/wiki/Johann_Karl_Rodbertus"
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Saint Simon, nota biográfica

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Las negrillas, citas en bloque y separación de algunos párrafos son nuestros para efectos de estudio.

Tomado de:

http://www.telepolis.com/cgi-bin/web/DISTRITODOCVIEW?url=/1387

CLAUDE HENRI DE ROUVROY

CONDE DE SAINT SIMON


(1760 – 1825)

Contexto histórico-social.

Claude Henri de Rouvroy, Conde de Saint-Simon nació en París el 17 de octubre de 1760, en el seno de una familia aristocrática, descendiente de los condes de Vermandois, quienes afirmaban tener sus orígenes en Carlomagno. Fue educado por los mejores tutores de su época, entre ellos D’ Alembert, quién le despertó el interés por la doctrina enciclopedista.

A los 17 años entró al ejército. Prestó servicio en los regimientos enviados por Francia para ayudar a las colonias americanas en su guerra de independencia contra Inglaterra. Sirvió como capitán de artilleria en Yorktown en 1781. Su participación en estos eventos, donde pudo ver el nacimiento de las instituciones políticas de una república independiente, le produjo una profunda impresión que se plasmará mas tarde en sus teorías utópicas de la sociedad.

Después de dejar el ejército en 1788, pasa un tiempo en España, y de regreso a su país, en 1789, lo sorprende la Revolución Francesa. Sus ideas con respecto a ella, son contradictorias: por un lado a raíz de su orígen aristocrático, se resistía a la desaparición del Antiguo Régimen, pero por el lado de su filosofía, comprende los impedimentos y trabas que este opone al desarrollo industrial y a la economía de la nación.

En lo concreto, apoyó a la Revolución, bregó por la supresión de los derechos de nacimiento e incluso renunció a su título de Conde, lo que no impidió que siguiera siendo considerado un sospechoso por su orígen, y así terminó prisionero en el Palacio de Luxemburgo en 1793, en plena época del Terror.

Antes de ser arrestado, Saint- Simon había emprendido exitosamente negocios especulativos con la compra de tierras, gracias a los cuales, al salir de la cárcel, se encontró inmensamente rico.

Comenzó a llevar una vida espléndida y hasta licenciosa, y se relacionó con las personalidades mas ilustres de la Francia de su tiempo. En esta época comenzó a interesarse vivamente en asuntos científicos y filosóficos.

A lo largo de su vida, desordenada y aventurera, quebró económicamente varias veces y volvió a recuperar lo perdido. Sin embargo, casi al final de su vida, en 1823, quiso suicidarse en un arrebato de desesperación por encontrarse en la miseria y con la salud quebrantada. En este intento fallido perdió un ojo. Los últimos 17 años de su vida, hasta su muerte acaecida el 19 de mayo de 1825, vivió solventado económicamente por un grupo de amigos.

Concepción filosófica y social.

Saint-Simon estudió en la Escuela Politécnica y en la Escuela de Medicina. Su idea de base era constituir un sistema, sintetizando diversas ciencias para lograr através del mismo la solución de los problemas sociales mas importantes. Buscaba unificar las ciencias y reformar la organización social.

Esta idea de organización estaba ligada a

la noción de poder, el cual debía ser detentado por los que tuvieran mas conocimientos dentro de la sociedad.

Estos serían,

no solo los científicos sino también los grandes industriales y banqueros quienes se encargarían de construir un régimen industrial basado en la eficiencia técnica, el bienestar material y la planificación económica. Esta modalidad reemplazaría a los saberes tradicionales, fundados sobre todo en el derecho.

Saint-Simon es heredero de la tradición iluminista, lo que se manifiesta en la identidad que establece entre el poder y el saber para lograr el ideal de la organización social.

Define a la sociedad de su época como dividida en tres sectores: primeramente la clase militar, luego la de los “legistas y metafísicos” y por último

los “burgueses”, propietarios de los capitales y medios de producción.

Frente a estas clases, encontramos la de

los “productores”, que comprende a los industriales, los comerciantes, los campesinos y los obreros.

Afirma que el gobierno debía estar en manos de los sabios, pero aclarando que el poder que les corresponde es espiritual, mientras que el poder temporal debía estar en manos de los propietarios.

Dentro de un contexto histórico signado por el paro y la miseria intenta dar una aplicación práctica a las ideas científicas para lograr una reorganización social.

Proyecta una sociedad cuya vida económica estará centrada en el Estado y la gran industria, administrada científicamente por los mas capaces. El gobierno estaría en manos de banqueros, industriales, y técnicos, mientras que la nobleza y los clérigos debían resignar su poder. Esto determinó que se lo encuadrara dentro del socialismo utópico.

En su obra Memorias sobre la ciencia del hombre, profundiza y sistematiza el concepto de fisiología social, como ciencia de la vida económica y social en general, de la cual los hombres son los principales engranajes. Era una “ciencia del hombre” totalizadora, que debía permanecer por encima de los intereses de las clases y facciones del cuerpo social. Esta idea del “interés general” vuelve a aparecer en su trabajo sobre la reorganización europea, dándole el tono a toda su sociología.

Saint-Simon no utilizó el término sociología, que finalmente fue acuñado por Comte, con quién se vinculo en razón de su visión progresista y científica de la sociedad y de la historia. Se acercó también a la corriente filosófica del positivismo, inaugurada por éste, y que puede resumirse en la exigencia rigurosa de atenerse a la realidad de los hechos, dejando de lado toda metafísica. Los dos trabajaron en estrecha colaboración durante siete años, hasta 1824, cuando se produjo el rompimiento, aparentemente por diferencias de concepción filosófica. Mientras que Saint-Simon, en los últimos años de su vida, se inclina a considerar el nuevo orden social basado en el saber científico y la industrialización como una especie de religión secular, Comte por su lado se reafirma en la idea de la instrumentación de la ciencia en la reorganización de la sociedad y en su filosofía positiva.

Saint-Simon es considerado el padre espiritual de la sociología contemporánea.

Durkheim afirma que ha trazado el plan de una nueva ciencia (la sociología) y ha tratado de realizarlo. Engels no duda en otorgarle un rol primordial en la gestación de la doctrina marxista, encontrando en él “la amplitud de miras del genio”, y considerando que

“casi todas las ideas socialistas ulteriores,con exclusión de las económicas, se encuentran en germen en sus obras” . Sus propuestas sobre la planificación económica y social se adelantaron a su tiempo.

En este sentido, y tal como lo señala Antonio Truyol en el prólogo a De la reorganización de la sociedad europea, (obra publicada en 1814, y escrita en colaboración con su discípulo Agustín Thierry), Saint-Simon es a un tiempo visionario y realista. Aparece en esta ocasión “como un paladín de la organización, y en torno a la idea de la imperiosa necesidad de una Europa unificada se proyecta el conjunto de su filosofía social”. La condición indispensable para que pueda ser posible esta unidad, es “la similitud institucional interna de los diferentes estados, fundada...en el régimen representativo y parlamentario en cuanto forma de gobierno mas perfecta”. “Se trata, bajo otra fórmula...de un principio fundamental de las Comunidades Europeas de los Nueve, condicionante para el ingreso de nuevos miembros”.

La unidad europea que proyecta Saint-Simon no es una confederación de Estados, sino un estado federal, que esté por encima de los intereses de los Estados particulares, como un “órgano competente para hacer que prevalezca el parlamento europeo, supranacional por definición”. Se advierte que “por lo que atañe a la construcción europea, las sugerencias de Saint-Simon cumplen una misión precursora...”

(Entrecomillado: A. Truyol,op.cit. prólogo)

Se transcriben a continuación fragmentos del corolario de De la reorganización...

...Hubiese sido deseable, sin duda, que el proyecto de reorganización de la sociedad europea hubiese sido concebido por uno de los soberanos mas poderosos, o por lo menos por un hombre de estado ducho en los negocios, y célebre por sus talentos en política. Este proyecto, sostenido por un gran poder, o por un gran renombre, hubiese mas prontamente atraído los espíritus; pero la debilidad de la inteligencia humana no permitía a las cosas seguir este tren.

...Después de grandes esfuerzos y grandes trabajos, me he colocado en el punto de vista del interés común de los pueblos europeos. Este punto es el único desde el cual se pueda percibir los males que nos amenazan y los medios de evitar esos males. Que los que dirigen los asuntos se eleven a la misma altura que yo, y todos verán lo que yo he visto.

Las divisiones de la opinión pública proceden de que cada uno tiene puntos de vista demasiado circunscritos, y no se atreve a alejarse del punto que se ha fijado, y de donde se obstina en considerar las cosas.

Para los espíritus rectos no hay mas que una manera de razonar, para ellos también hay una sola manera de ver si consideran el mismo lado de las cosas. Si hombres que tienen la misma nobleza de sentimientos, la misma rectitud de juicio, el mismo amor al bien público, el mismo apego al rey, tienen opiniones tan contrarias, es que cada uno tiene su punto de vista propio que no quiere dejar. Que se eleven mas arriba, que se paren donde he tratado de situar los espíritus, y todas las opiniones se fundirán en una sola.

...Vendrá sin duda un tiempo en que todos los pueblos de Europa sentirán que hace falta regular los puntos de interés general antes de descender a los intereses nacionales; entonces los males comenzarán a hacerse menores, los disturbios a aplacarse, las guerras a apagarse; a ir allí tendemos sin cesar, nos lleva el curso del espíritu humano. Pero, ¿qué es mas digno de la prudencia del hombre, arrastrase o correr hacia alli?...

En los años subsiguientes a su muerte, sus discípulos dieron a conocer su mensaje al mundo. Alrededor de 1826 comenzó a crecer un movimiento que propagó sus ideas y ya en 1828 los saintsimonianos se reunían en París y en las principales ciudades francesas. La Revolución de 1830 en Francia significó una oportunidad para los saintsimonianos, quienes realizaron una proclama demandando la comunidad de los bienes, la abolición de los derechos hereditarios y el voto de las mujeres. El grupo incluía a muchos de los jóvenes intelectuales mas prominentes de la época. En los años siguientes, sin embargo, debido a las discrepancias entre los líderes del movimiento, este se fragmentó y terminó por disolverse.

Obras de Saint-Simon

Cartas de un habitante de Ginebra a sus contemporáneos. En Cepeda, Alfredo: Los utopistas. Hemisferio.Buenos Aires, 1950. (Escrita en 1802)

Ensayo sobre la organización social. (Escrita en 1804)

Introducción a los trabajos científicos del siglo XIX. (De 1808)

Carta al Bureau des Longitudes. (De 1808)

La historia del hombre. (De 1810)

Memorias acerca de la ciencia del hombre. (De 1813)

Trabajo sobre la gravitación universal. (De 1813)

El organizador. (1819-20)

El sistema industrial. (de 1821)

Catecismo de los industriales. Buenos Aires, Aguilar, 1960

Nuevo Cristianismo . Les livres francais, s.d.

La corte de Luis XIV. Paris. Nelson, s.d.

El liberalismo y el industrialismo. Partido Revolucionario Institucional. Materiales de cultura y divulgación. Política clásica. CEN. s.d.

De la reorganización de la sociedad europea. Instituto de Estudios Políticos. Madrid, 1975. (En colaboración con Thierry, Agustín)
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17.1.10

Citas de Saint Simon

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Tomado de:

http://www.eumed.net/cursecon/economistas/textos/Saint-Simon-Liberalismo-Industrialismo.htm

"...el único medio de establecer una orden de cosas sosegado y estable consiste en encargar de la alta administración de la riqueza pública a aquellos que contribuyen con más dinero al tesoro público y retiran menos de él."

Tomado de:

http://www.une.edu.py/maestriacs/saint_simon_nuevo_cristianismo.pdf

"La nueva organización Cristiana deducirá las instituciones temporales, así como las instituciones espirituales,

del principio de que todos los hombres deben comportarse como hermanos los unos respecto a los otros.

Impulsaran a todas las instituciones, sea cual fuere su naturaleza, hacia el aumento del bienestar de la clase más pobre".
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2.1.10

Lassalle, nota biográfica

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Las negrillas, citas en bloque y separación de algunos párrafos son nuestros para efectos de estudio.

Tomado de wikipedia

Ferdinand Lassalle

Ferdinand Lassalle (Breslau, Confederación Germánica -actualmente en Polonia-; 11 de abril de 1825 - Carouge, Suiza; 31 de agosto de 1864) fue un abogado y político socialista alemán. Nacido en el seno de una familia de comerciantes judíos, cursó estudios en Breslau y Berlín.

En 1845 en París conoció el movimiento socialista francés y se afilió a la Liga de los Justos.

Durante su participación en la revolución alemana de 1848, por la que fue encarcelado, entabló amistad con Karl Marx.

A partir de 1860 colaboró con el movimiento obrero y los sindicatos y fue uno de los fundadores de la Asociación General de Trabajadores Alemanes en 1863. En 1875 durante el congreso de Gotha la Asociación se unió con los marxistas agrupados en el partido Obrero Socialdemócrata para formar el Partido Obrero Socialista de Alemania, que luego pasó a llamarse Partido Socialdemócrata de Alemania.

Lassalle pensaba que la humanidad estaba regida por oportunidades fuera de control del individuo, por lo que se hacía necesario que el estado tomase a su cargo la producción y distribución a favor del bienestar social y para lograr que los trabajadores se beneficiaran del aumento de la productividad, no más laissez-faire, es necesaria la intervención del estado a fin de proteger al débil del fuerte, pregonaba.

En el terreno de la acción inmediata, los esfuerzos de Lassalle se concentraron en dos metas, la conquista del sufragio universal y la creación de asociaciones de producción, subvencionadas por el estado; en política, apoyó además la idea prusiana de unificación "por arriba" de Alemania; defendiendo a su vez a Bismark como el artífice para esa unión. Esta toma de posición, que relató en "La guerra italiana y la misión de Prusia" (1859), lo enfrentó directamente a Marx, que apoyaba a la burguesía contra el Estado prusiano.

Murió como consecuencia de las heridas recibidas durante un duelo con el pretendiente de una mujer que amaba.

Obra

La Filosofía de Heráclito el Oscuro de Éfeso[1], 1857
La guerra italiana y la misión de Prusia, 1859
Franz von Sickingen, drama, 1859
El sistema de los derechos adquiridos, Leipzig, 1861
Programa de los trabajadores[2], 12 de abril de 1862
¿Qué es una Constitución?, conferencias de abril y noviembre de 1862
La Ciencia y los Trabajadores, 16 de enero de 1863
Réplica pública, 1 de marzo de 1863
Sobre la cuestión obrera, 16 de april de 1863
Cartilla del trabajador, 19 de mayo de 1863
El señor Bastiat-Schulze von Delitzsch, el jualiano económico, o: Capital y Trabajo, Streitschrift, 1864

Referencias

Hans Peter Bleuel: Ferdinand Lassalle oder der Kampf wider die verdammte Bedürfnislosigkeit, Fischer TB, 1982, ISBN 3-596-25107-9
Stefan Heym: Lassalle, Btb Bei Goldmann, 1998, ISBN 3-442-72352-3
Paul Kampffmeyer: Lasalle, Erwecker der Arbeiterkulturbewegung. Verlag J.H.W. Dietz, Weimar 1925
Thilo Ramm: Ferdinand Lassalle: Der Revolutionär und das Recht, Berlin: BWV - Berliner Wissenschafts-Verlag, 2004, ISBN 3-8305-0637-6

(...)

Obtenido de "http://es.wikipedia.org/wiki/Ferdinand_Lassalle"
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William Thompson, datos biográficos

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El comentario inicial, las negrillas, citas en bloque y separación de algunos párrafos son nuestros para efectos de estudio.

Gerard Stavenhagen (Historia de las Teorías Económicas, Editorial El Ateneo, Buenos Aires, 1959) en una de las mejores síntesis que conocemos de las teorías económicas básicas desde el mercantilismo hasta Keynes, dice que Owen era el "maestro" de Thompson. y que partiendo de las teorías de Owen, desarrolló una teoría de la plusvalía, anterior a Marx. En realidad, a partir de este artículo, queda claro, que la teoría de la explotación de Thompson, proviene de la evolución que realizó a partir de los estudios de Ricardo, con un pensamiento clasista muy claro y definido y con una concepción comunista del cooperativismo, a diferencia de Owen. Incluso se señala en este artículo que la palabra comunista fué usada por vez primera en el mundo moderno, para distinguir a Thompson y sus seguidores de Owen y los suyos.


Tomado de:

http://es.wikipedia.org/wiki/William_Thompson

William Thompson (Cork, 1775 - Rosscarbery, condado de Cork), 28 de marzo de 1833) fue un político, economista, filósofo y reformador social irlandés, promotor y socio del movimiento cooperativo inglés, cuyas concepciones influyeron en los organizadores de los sindicatos de trabajadores y en Karl Marx.

Vida

Era hijo de uno de los comerciante más prósperos de Cork, Alderman John Thompson, quien fue además alcalde de la ciudad en 1794. William heredó de él en 1814 una finca cerca de Glandore, al occidente de Cork y en vez de aceptar el papel de rentista ausentista, compartió su tiempo con los arrendatarios e invirtió en innovaciones agrícolas, servicios y educación para los niños, tratando de buscar el mejoramiento de la calidad de vida de las familias.

Afectado por problemas de salud desde temprana edad, Thompson se convirtió desde la adolescencia en abstemio y vegetariano. Su muerte fue causada por una afección pulmonar.

Ideas

Estudió con entusiasmo a los escritores del Siglo de las luces, en especial a Condorcet y se inspiró en las ideas de igualdad y democracia de la Revolución francesa, lo cual le ganó el calificativo de "Republicano Rojo".

Thompson simpatizaba con el utilitarismo de Jeremy Bentham, con quien estableció amistad, visitando su casa en 1821 y 1822. Mantuvo correspondencia con David Ricardo, quien influenció notoriamente su pensamiento y escritos. Polemizó en cambio con William Godwin y con las que consideraba "especulaciones mecánicas" de Thomas Malthus. Propuso el concepto de Ciencia Social para sintetizar la combinación de los conocimientos de la Economía Política con el materialismo científico y las concepciones del utilitarismo con una moral racional.

Contribución a la economía política

La polémica con Godwin y Malthus llevó a Thompson a Londres, para realizar una investigación sobre el papel de la distribución en la economía política, publicada en 1824 como Una investigación acerca de los Principios de la Distribución de la Riqueza.[1] Así como a David Ricardo, Thompson había estudiado las obras de los utopistas franceses Charles Fourier, Henri de Saint-Simon y del economista Sismondi.

Thompson defendió la teoría del valor-trabajo propuesta por Ricardo en los Principios de Economía Política.

Sin embargo, él caracterizó como explotación, la apropiación de la parte del león de la plusvalía por el capitalista.

Rechazó la tesis de Malthus y Ricardo según la cual cualquier aumento de los salarios de los trabajadores sólo puede resultar en su miseria posterior, y enfatizó en la naturaleza interesada de esta teoría en favor de los empresarios que reclamaban una legislación que proscribiera los esfuerzos de los trabajadores para elevar sus salarios. Aplicando el principio utilitarista de "el mayor bien para el mayor número" a los esquemas alternativos existentes y posibles de distribución, Thompson abogó por una distribución igualitaria del producto.

Uno de sus compañeros en el movimiento cooperativo, John Minter Morgan, observó que Thompson fue el primero en acuñar el término "competitivo" para describir el sistema económico existente.

La originalidad de esta obra es ampliamente tratada por Max Nettlau, quien declara que

"El libro [de Thompson], sin embargo, revela su propia evolución; habiendo comenzado con reivindicar todo el producto del trabajo, así como la regulación de la distribución, finaliza con su propia conversión al comunismo, que se desprende de la ilimitada distribución."

En 1827 otro "socialista ricardiano", Thomas Hodgskin, publicó El Trabajo Defendido[2] el cual también caracteriza la apropiación de la parte del león de los frutos del trabajo mediante la explotación de los terratenientes y capitalistas, que defraudan a los trabajadores del producto de su trabajo. Sin embargo, Hodgskin proponía como camino hacia la justicia económica para los trabajadores, la reforma del sistema competitivo. Thompson contestó esta propuesta con Trabajo Premiado[3] defendiendo el comunismo cooperativista como camino alternativo.

Feminismo

Thompson criticó la situación de la mujer en la sociedad de su época y conjuntamente con su compañera, Anna Doyle Wheeler, fue autor de La Demanda de la Mitad de la Raza Humana, las Mujeres,[4] cuya redacción iniciaron en respuesta contra un llamamiento a votar únicamente por hombres. Esta obra ha sido traducida al castellano.[5] Por otra parte, a pesar de rechazar las tesis de Malthus sobre la población, Thompson defendió los eventuales beneficios de los métodos anticonceptivos.

Influencia en el movimiento cooperativo

Debate con Robert Owen

Thompson y en general el movimiento cooperativo tienden a ser identificados con el rótulo de "owenismo", pero ello es inexacto. En efecto, aunque sus escritos y los experimentos en New Lanark ayudaron al conjunto del movimiento cooperativo, muchos, Thompson incluido, fueron críticos de las tendencias autoritarias de Owen.

Thompson, además, desconfiaba del coqueteo de Owen con ricos y poderosos patrones y consideraba que los ricos, en tanto clase, nunca podrían estar realmente a favor de cualquier proyecto de emancipación para los trabajadores pobres, pues amenazaría sus privilegios. También expuso que era necesario que los trabajadores, en cualquier comunidad cooperativa, tuvieran seguridad eventual de la propiedad comunitaria. Se ganó gran número de seguidores de estas concepciones en el movimiento cooperativo, y fue para distinguir a estos de los seguidores de Owen que se les asignó el rótulo de "socialistas" o "comunistas"[6]

Estas diferencias llevaron a abrir la confrontación entre Thompson y Owen en el tercer congreso cooperativo llevado a cabo en 1832, en Londres. Owen, quizá desalentado por el fracaso de su intento de comunidad en New Harmony, sostuvo que era necesario esperar a que el Gobierno e inversionistas de la Bolsa de Valores apoyaran e invirtieran en las comunidades en gran escala. Thompson y sus seguidores afirmaron que deberían moverse hacia el establecimiento de comunidades basadas en sus propios recursos. La cuestión no fue resuelta en el congreso porque Thompson no pudo asistir, posiblemente debido a la enfermedad que le causó la muerte 5 meses después.

Influencia sobre Karl Marx

Karl Marx había recorrido la obra de Thompson en una visita a Manchester en 1845 y cita pasajes suyos en Miseria de la Filosofía (1847) y también en El Capital.[7] Sidney y Beatrice Webb llegan a caracterizar a Marx como "el discípulo ilustre" de Thompson y Hodskin, punto de vista que encontró eco en Harold Laski y otros historiadores del socialismo. Uno de ellos, Anton Menger,[8] fue el creador de la categoría "socialistas ricardianos", en la que quedan incluidos, además de Thompson, Thomas Hodgskin, John Grey, Piercy Ravenstone y John Francis Bray, todos los que Marx denominó "la reacción proletaria basada en Ricardo". Sin embargo, es necesario percibir las diferencias entre el comunista Thompson y el socialista de mercado Hodgskin.

Referencias

↑ Thompson, William, An Inquiry into the Principles of the Distribution of Wealth Most Conducive to Human Happiness; applied to the Newly Proposed System of Voluntary Equality of Wealth, (Longman, Hurst Rees, Orme, Brown & Green: London), 1824.
↑ Labour Defended against the Claims of Capital, or the Unproductiveness of Capital Proved with Reference to the Present Combinations among Journeymen, 1825.
↑ Thompson, William, Labour Rewarded. The Claims of Labour and Capital Conciliated: or, How to Secure to Labour the Whole Products of Its Exertions, Londres: Hunt and Clarke, 1827.
↑ Thompson, William, Appeal of One Half the Human Race, Women, Against the Pretensions of the Other Half, Men, to Retain Them in Political, and thence in Civil and Domestic Slavery, (Longman, Hurst Rees, Orme, Brown & Green: London), 1825.
↑ Wheeler, Anna y W. Thompson. La Demanda de la Mitad de la Raza Humana, las Mujeres. Traducción de Ana de Miguel. Granada: Comares, 2001
↑ Carta a "El Magazin Cooperativo", Londres, Noviembre de 1827, citado por OED como primer documento en que se usó "socialista" en vez de "owenista".
↑ El Capital, libro segundo, capítulo XVII
↑ Right to the Whole Produce of Labour,1899

Bibliografía

Connolly, James, 'The first Irish socialist: A forerunner of Marx' in Labour in Irish History, Dublin, 1910; London, 1987.
Dobb, Maurice 1973. Teorías del valor y de la distribución desde Adam Smith: Ideología y teoría. Siglo XXI, 1995. ISBN 968-23-1734-7
Dooley, Dolores, Equality in Community: Sexual Equality in the Writings of William Thompson and Anna Doyle Wheeler, Cork University Press, 1996.
Dooley, Dolores (Ed.), William Thompson: Appeal of One Half of the Human Race, Cork University Press, Cork, 1997.
Pankhurst, Richard, William Thompson (1775 - 1833) Pioneer Socialist, Londres: Pluto Press, 1991.
Thompson, William, Practical Directions for the Speedy and Economical Establishment of Communities on the Principles of Mutual Co-operation, United Possessions and Equality of Exertions and the Means of Enjoyments, Londres: Strange and E. Wilson, 1830.

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Obtenido de "http://es.wikipedia.org/wiki/William_Thompson"
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Pecqueur, datos biográficos

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Las negrillas, citas en bloque y separación de algunos párrafos son nuestros para efectos de estudio.

Tomado de:

http://www.eumed.net/cursecon/dic/dent/p/pec.htm

PECQUEUR, Constantin

Filósofo, reformador y economista francés (1801-87).

Definidor y defensor del colectivismo, no en base de la justicia abstracta, sino como necesidad histórica. Su primer trabajo importante, Économie sociale: des intéréts du commerce, de l'industrie et de l'agriculture, et de la civilization en général, sous l'inlluence des applications de la vapeur (2 vols. 1839) estudia con detalle la significación de las condiciones económicas en la cultura y en las instituciones de los pueblos.

Tanto este libro como su Des améliorations matérielles (1839) pueden ser considerados como los primeros tratados escritos sobre materialismo histórico.

Sus principios sobre la organización de una sociedad colectivista se hallan desarrollados en su Théorie nouvelle d'économie sociale et politique (1842) donde, lo mismo que en De la république de Dieu (1844), aparece la expresión de sus sentimientos comunistas cristianos y la esperanza de una voluntaria asociación humana para el imperio de la justicia social. Publicó una revista titulada La salut du peuple (1849-50),. Es, además, autor de Appel aux électeurs a propos de la réforme électorale (1840) ; De la legislation et du mode d'exécution des chemins.de fer (2 vols. 1840), y De la paix, de son príncipe et de sa réalisation (1842).
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Louis Blanc, biografía

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Las negrillas, citas en bloque, separación y supresión de algunos párrafos son nuestros para efectos de estudio.

Tomado de:

http://es.wikipedia.org/wiki/Louis_Blanc

Louis Blanc

Louis Jean Joseph Charles Blanc (29 de octubre de 1811 - 6 de diciembre de 1882) fue un político e historiador francés.

(...)

Primeros años

Nació en Madrid, donde su padre se encargaba del puesto de inspector general de finanzas en el gobierno de José Bonaparte. Rechazando recibir ayuda de Carlo Andrea, conde de Pozzo di Borgo, el tío de su madre, Louis Blanc estudió Derecho en París, viviendo en pobreza y volviéndose colaborador de varios diarios.

Se vinculó a las ideas de Saint-Simon después de la desorganización del grupo en 1832.

Colaboró en Le Bon Sens.

En Revue du progres, el cual fundó,

publicó en 1839 su estudio La organización del trabajo. Los principios expuestos en su famoso ensayo formaron la base para toda su carrera política.

Él atribuye todo los males que afligen a la sociedad a la presión de la competencia, por la cual los débiles son conducidos a la desgracia. Demandaba la igualdad de salarios, y la unión de los intereses personales para lograr el bien común:

"à chacun selon ses besoins, de chacun selon ses facultés," lo que se podría traducir como “a cada uno según sus necesidades, de cada uno según sus facultades”, expresión tomada directamente de Saint-Simon.

Esto, decía, sería llevado acabo con el establecimiento de “talleres sociales de trabajo”, una especie de

combinación entre una sociedad cooperativa y un sindicato,

donde los trabajadores en cada jornada unirían sus esfuerzos para el beneficio común. En 1841 publicó su Histoire de dix ans, 1830-1840, un ataque directo a la monarquía instaurada con la revolución de julio. Se realizaron cuatro ediciones de la obra en cuatro años.

La Revolución de 1848

En 1847 publicó sus primeros dos volúmenes de la Histoire de la Revolution Française. Su publicación fue interrumpida por la Revolución de 1848, en la cual Louis Blanc formó parte del gobierno provisional. Fue a causa de su moción que, en el 25 de febrero, el gobierno emprendió la llamada "garantía de la existencia a los trabajadores por medio del trabajo"; y aunque su petición de establecer un ministerio de trabajo fue rechazada –porque supuestamente se excedía de la competencia de un gobierno provisional—él fue destinado a presidir la comisión gubernamental para los trabajadores (Commission du Gouvernement pour les travailleurs) establecida en el Palacio de Luxemburgo para indagar y reportar todo lo relacionado con la cuestión laboral.

El 10 de mayo, en la Asamblea Nacional, volvió a proponer un ministerio de trabajo, pero como la mayoría era hostil al socialismo, la propuesta fue nuevamente rechazada. Su responsabilidad por el desastroso experimento de los talleres de trabajo nacionales, fue negada en su ensayo Appel aux hommes gens (París, 1849), escrita durante su exilio en Londres, pero para el movimiento insurgente del 15 de mayo y para los moderados que resultaron victoriosos, sí era responsable. Entre los sans-culottes, que intentaron forzarlo para ser su dirigente, y la guardia nacional, que lo rechazaba, fue casi asesinado. Rescatado con dificultad, escapó con un falso pasaporte a Bélgica, y luego a Londres, durante su ausencia fue condenado por un tribunal creado ex profeso en Bourges, in contumaciam a la deportación. Blanc protestó en contra del juicio y de la sentencia, desarrollando tal protesta en una serie de artículos publicados en el Nouveau Monde. Los artículos fueron recolectados y publicados como Pages de l'histoire de la révolution de 1848 (Bruselas, 1850).

Exilio

Durante su estadía en Gran Bretaña hizo uso de la única colección de materiales sobre el período revolucionario preservados en el Museo Británico para completar su Histoire de la Revolution Française de 12 volúmenes. (1847-1862). En 1858 publicó una respuesta al escrito de Lord Normanby llamado A Year of Revolution in Paris (1858), el cual fue desarrollado posteriormente en su Histoire de la révolution de 1848 (2 vols., 1870-1880).

También tomó parte activa en la irregular organización masónica del Rito de Memphis y Mizraím.



Regreso a Francia

Cuando regresó en 1859 Louis Blanc se opuso vehementemente a la idea napoleónica de la restauración, prediciendo que sería "despotismo sin gloria," "El imperio sin emperador". Por tanto, permaneció en el exilio hasta la caída del Segundo Imperio ocurrida en septiembre de 1870, después de la cual regresó a París y sirvió como particular en la guardia nacional. El 8 de febrero de 1871 fue electo miembro de la Asamblea Nacional, en la cual mantuvo que la república era "la fórmula necesaria para la soberanía nacional" y votó por la continuación de la guerra;

aunque, considerado como un izquierdista, no simpatizó con la Comuna de París, y utilizó su influencia en vano para lograr la moderación del movimiento.

En 1878 abogó por la abolición de la presidencia del Senado. En enero de 1879 introdujo en la cámara una propuesta para la amnistía de los comuneros, la cual fue atendida. Este fue su último acto importante. Sus últimos años estuvieron marcados por la enfermedad y por la muerte avenida en 1876 de su esposa Christina Groh, con la cual se casó en 1865. Murió en Cannes, y el 12 de diciembre recibió funerales de Estado en el Cementerio de Père-Lachaise.

Legado Político

Louis Blanc poseía un estilo vívido y pintoresco, así como un considerable poder de investigación, pero el fervor con el cual expresaba sus convicciones, que lo situaba entre los mejores oradores, convertían sus escritos históricos en panfletos políticos.

Sus ideas sociales y políticas tuvieron una gran influencia en el desarrollo del Socialismo francés.



Sus Discours politiques (1847-1881) fueron publicados en 1882. Sus trabajos más importantes, aparte de los ya mencionados, son Lettres sur l'Angleterre (1866-1867), Dix années de l'Histoire de l'Angleterre (1879-1881), and Questions d'aujourd'hui et de demain (1873-1884).

Obras de Louis Blanc

Louis Blanc (1841). The History of Ten Years, 1830-1840 (Vol. 1). New York: Chapman and Hall, pp. 628. ASIN B0006BWS4Y.
Organisation du travail [1839], Bureau de la Société de l’Industrie Fraternelle, París, 1847, 5ª edición.
Histoire de dix ans, 1830-1840, Pagnerre, París, 1842, 2ª edición.
Histoire de la révolution française, Lacroix, París, 1878, 2ª ed., 15 vols.
Con Jacques Crétineau-Joly, la contre-révolution , partisans, vendéens, chouans, émigrés 1794-1800
Lettres sur l'Angleterre (1866-1867)
Dix années de l'Histoire de l'Angleterre (1879-1881)
Questions d'aujourd'hui et de demain (1873-1884).

Bibliografía

Este artículo incorpora texto de la Encyclopædia Britannica de 1911 (dominio público).

La Encyclopaedia Britannica da las siguientes referencias, aparte del propio trabajo de Blanc:

L Fiaux, Louis Blanc (1883).

Referencias

Claudín, Fernando, Marx, Engels y la Revolución de 1848, Siglo Veintiuno, Madrid, 1985, 4ª edición.
Cole, G.D.H., Historia del pensamiento socialista, Fondo de Cultura Económica, México, 1958, vol. 1.
Desanti, Dominique, Los socialistas utópicos, Anagrama, Barcelona, 1973.
Dolléans, Edouard, Historia del movimiento obrero, tomo 1 (1830-1871), Eudeba, Buenos Aires, 1960.
Leroy, Maxime, Histoire des idées sociales en France, París, Gallimard, 1954, 3 vols.
Owen, Lammenais, Blanc, Cabet, Precursores del socialismo, Grijalbo, México, 1970. (Incluye una traducción de algunos capítulos de La organización del trabajo.)
Vidalenc, Jean, Louis Blanc (1811-1882), París, PUF, 1948.

Obtenido de "http://es.wikipedia.org/wiki/Louis_Blanc"
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Einstein y el Socialismo

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Las negrillas, citas en bloque y separación de algunos párrafos son nuestros para efectos de estudio.

Tomado de:

http://www.analitica.com/BITBLIO/einstein/socialismo.asp

¿Por qué socialismo?

Albert Einstein

Monthly Review, Nueva York, mayo de 1949.

(...)

¿Debe quien no es un experto en cuestiones económicas y sociales opinar sobre el socialismo? Por una serie de razones creo que sí.

Permítasenos primero considerar la cuestión desde el punto de vista del conocimiento científico. Puede parecer que no haya diferencias metodológicas esenciales entre la astronomía y la economía: los científicos en ambos campos procuran descubrir leyes de aceptabilidad general para un grupo circunscrito de fenómenos para hacer la interconexión de estos fenómenos tan claramente comprensible como sea posible. Pero en realidad estas diferencias metodológicas existen.

El descubrimiento de leyes generales en el campo de la economía es difícil porque la observación de fenómenos económicos es afectada a menudo por muchos factores que son difícilmente evaluables por separado.

Además, la experiencia que se ha acumulado desde el principio del llamado período civilizado de la historia humana —como es bien sabido— ha sido influida y limitada en gran parte por causas que no son de ninguna manera exclusivamente económicas en su origen. Por ejemplo, la mayoría de los grandes estados de la historia debieron su existencia a la conquista. Los pueblos conquistadores se establecieron, legal y económicamente, como la clase privilegiada del país conquistado. Se aseguraron para sí mismos el monopolio de la propiedad de la tierra y designaron un sacerdocio de entre sus propias filas. Los sacerdotes, con el control de la educación, hicieron de la división de la sociedad en clases una institución permanente y crearon un sistema de valores por el cual la gente estaba a partir de entonces, en gran medida de forma inconsciente, dirigida en su comportamiento social.

Pero la tradición histórica es, como se dice, de ayer; en ninguna parte hemos superado realmente lo que Thorstein Veblen llamó «la fase depredadora» del desarrollo humano. Los hechos económicos observables pertenecen a esa fase e incluso las leyes que podemos derivar de ellos no son aplicables a otras fases. Puesto que el verdadero propósito del socialismo es precisamente superar y avanzar más allá de la fase depredadora del desarrollo humano, la ciencia económica en su estado actual puede arrojar poca luz sobre la sociedad socialista del futuro.

En segundo lugar, el socialismo está guiado hacia un fin ético-social. La ciencia, sin embargo, no puede establecer fines e, incluso menos, inculcarlos en los seres humanos; la ciencia puede proveer los medios con los que lograr ciertos fines. Pero los fines por sí mismos son concebidos por personas con altos ideales éticos y —si estos fines no son endebles, sino vitales y vigorosos— son adoptados y llevados adelante por muchos seres humanos quienes, de forma semi-inconsciente, determinan la evolución lenta de la sociedad.

Por estas razones, no debemos sobrestimar la ciencia y los métodos científicos cuando se trata de problemas humanos; y no debemos asumir que los expertos son los únicos que tienen derecho a expresarse en las cuestiones que afectan a la organización de la sociedad. Muchas voces han afirmado desde hace tiempo que la sociedad humana está pasando por una crisis, que su estabilidad ha sido gravemente dañada. Es característico de tal situación que los individuos se sienten indiferentes o incluso hostiles hacia el grupo, pequeño o grande, al que pertenecen. Como ilustración, déjenme recordar aquí una experiencia personal. Discutí recientemente con un hombre inteligente y bien dispuesto la amenaza de otra guerra, que en mi opinión pondría en peligro seriamente la existencia de la humanidad, y subrayé que solamente una organización supranacional ofrecería protección frente a ese peligro. Frente a eso mi visitante, muy calmado y tranquilo, me dijo: «¿Por qué se opone usted tan profundamente a la desaparición de la raza humana?»

Estoy seguro de que hace tan solo un siglo nadie habría hecho tan ligeramente una declaración de esta clase. Es la declaración de un hombre que se ha esforzado inútilmente en lograr un equilibrio interior y que tiene más o menos perdida la esperanza de conseguirlo. Es la expresión de la soledad dolorosa y del aislamiento que mucha gente está sufriendo en la actualidad. ¿Cuál es la causa? ¿Hay una salida?

Es fácil plantear estas preguntas, pero difícil contestarlas con seguridad. Debo intentarlo, sin embargo, lo mejor que pueda, aunque soy muy consciente del hecho de que nuestros sentimientos y esfuerzos son a menudo contradictorios y obscuros y que no pueden expresarse en fórmulas fáciles y simples.

El hombre es, a la vez, un ser solitario y un ser social. Como ser solitario, procura proteger su propia existencia y la de los que estén más cercanos a él, para satisfacer sus deseos personales, y para desarrollar sus capacidades naturales. Como ser social, intenta ganar el reconocimiento y el afecto de sus compañeros humanos, para compartir sus placeres, para confortarlos en sus dolores, y para mejorar sus condiciones de vida. Solamente la existencia de estos diferentes y frecuentemente contradictorios objetivos por el carácter especial del hombre, y su combinación específica determina el grado con el cual un individuo puede alcanzar un equilibrio interno y puede contribuir al bienestar de la sociedad. Es muy posible que la fuerza relativa de estas dos pulsiones esté, en lo fundamental, fijada hereditariamente. Pero la personalidad que finalmente emerge está determinada en gran parte por el ambiente en el cual un hombre se encuentra durante su desarrollo, por la estructura de la sociedad en la que crece, por la tradición de esa sociedad, y por su valoración de los tipos particulares de comportamiento. El concepto abstracto «sociedad» significa para el ser humano individual la suma total de sus relaciones directas e indirectas con sus contemporáneos y con todas las personas de generaciones anteriores. El individuo puede pensar, sentirse, esforzarse, y trabajar por sí mismo; pero él depende tanto de la sociedad —en su existencia física, intelectual, y emocional— que es imposible concebirlo, o entenderlo, fuera del marco de la sociedad. Es la «sociedad» la que provee al hombre de alimento, hogar, herramientas de trabajo, lenguaje, formas de pensamiento, y la mayoría del contenido de su pensamiento;

su vida es posible por el trabajo y las realizaciones de los muchos millones en el pasado y en el presente que se ocultan detrás de la pequeña palabra «sociedad».

Es evidente, por lo tanto, que la dependencia del individuo de la sociedad es un hecho que no puede ser suprimido —exactamente como en el caso de las hormigas y de las abejas. Sin embargo, mientras que la vida de las hormigas y de las abejas está fijada con rigidez en el más pequeño detalle, los instintos hereditarios, el patrón social y las correlaciones de los seres humanos son muy susceptibles de cambio. La memoria, la capacidad de hacer combinaciones, el regalo de la comunicación oral han hecho posible progresos entre los seres humanos que son dictados por necesidades biológicas. Tales progresos se manifiestan en tradiciones, instituciones, y organizaciones; en la literatura; en las realizaciones científicas e ingenieriles; en las obras de arte. Esto explica que, en cierto sentido, el hombre puede influir en su vida y que puede jugar un papel en este proceso el pensamiento consciente y los deseos.

El hombre adquiere en el nacimiento, de forma hereditaria, una constitución biológica que debemos considerar fija e inalterable, incluyendo los impulsos naturales que son característicos de la especie humana. Además, durante su vida, adquiere una constitución cultural que adopta de la sociedad con la comunicación y a través de muchas otras clases de influencia. Es esta constitución cultural la que, con el paso del tiempo, puede cambiar y la que determina en un grado muy importante la relación entre el individuo y la sociedad como la antropología moderna nos ha enseñado, con la investigación comparativa de las llamadas culturas primitivas, que el comportamiento social de seres humanos puede diferenciar grandemente, dependiendo de patrones culturales que prevalecen y de los tipos de organización que predominan en la sociedad. Es en esto en lo que los que se están esforzando en mejorar la suerte del hombre pueden basar sus esperanzas: los seres humanos no están condenados, por su constitución biológica, a aniquilarse o a estar a la merced de un destino cruel, infligido por ellos mismos.

Si nos preguntamos cómo la estructura de la sociedad y de la actitud cultural del hombre deben ser cambiadas para hacer la vida humana tan satisfactoria como sea posible, debemos ser constantemente conscientes del hecho de que hay ciertas condiciones que no podemos modificar. Como mencioné antes, la naturaleza biológica del hombre es, para todos los efectos prácticos, inmodificable. Además, los progresos tecnológicos y demográficos de los últimos siglos han creado condiciones que están aquí para quedarse. En poblaciones relativamente densas asentadas con bienes que son imprescindibles para su existencia continuada, una división del trabajo extrema y un aparato altamente productivo son absolutamente necesarios. Los tiempos —que, mirando hacia atrás, parecen tan idílicos— en los que individuos o grupos relativamente pequeños podían ser totalmente autosuficientes se han ido para siempre. Es solo una leve exageración decir que la humanidad ahora constituye incluso una comunidad planetaria de producción y consumo.

Ahora he alcanzado el punto donde puedo indicar brevemente lo que para mí constituye la esencia de la crisis de nuestro tiempo. Se refiere a la relación del individuo con la sociedad. El individuo es más consciente que nunca de su dependencia de sociedad. Pero él no ve la dependencia como un hecho positivo, como un lazo orgánico, como una fuerza protectora, sino como algo que amenaza sus derechos naturales, o incluso su existencia económica. Por otra parte, su posición en la sociedad es tal que sus pulsiones egoístas se están acentuando constantemente, mientras que sus pulsiones sociales, que son por naturaleza más débiles, se deterioran progresivamente. Todos los seres humanos, cualquiera que sea su posición en la sociedad, están sufriendo este proceso de deterioro. Los presos a sabiendas de su propio egoísmo, se sienten inseguros, solos, y privados del disfrute ingenuo, simple, y sencillo de la vida.

El hombre sólo puede encontrar sentido a su vida, corta y arriesgada como es, dedicándose a la sociedad.

La anarquía económica de la sociedad capitalista tal como existe hoy es, en mi opinión, la verdadera fuente del mal.

Vemos ante nosotros a una comunidad enorme de productores que se están esforzando incesantemente privándose de los frutos de su trabajo colectivo —no por la fuerza, sino en general en conformidad fiel con reglas legalmente establecidas. A este respecto, es importante señalar que los medios de producción —es decir, la capacidad productiva entera que es necesaria para producir bienes de consumo tanto como capital adicional— puede legalmente ser, y en su mayor parte es, propiedad privada de particulares.

En aras de la simplicidad, en la discusión que sigue llamaré «trabajadores» a todos los que no compartan la propiedad de los medios de producción — aunque esto no corresponda al uso habitual del término. Los propietarios de los medios de producción están en posición de comprar la fuerza de trabajo del trabajador. Usando los medios de producción, el trabajador produce nuevos bienes que se convierten en propiedad del capitalista. El punto esencial en este proceso es la relación entre lo que produce el trabajador y lo que le es pagado, ambos medidos en valor real. En cuanto que el contrato de trabajo es «libre», lo que el trabajador recibe está determinado no por el valor real de los bienes que produce, sino por sus necesidades mínimas y por la demanda de los capitalistas de fuerza de trabajo en relación con el número de trabajadores compitiendo por trabajar. Es importante entender que incluso en teoría el salario del trabajador no está determinado por el valor de su producto.

El capital privado tiende a concentrarse en pocas manos, en parte debido a la competencia entre los capitalistas, y en parte porque el desarrollo tecnológico y el aumento de la división del trabajo animan la formación de unidades de producción más grandes a expensas de las más pequeñas.

El resultado de este proceso es una oligarquía del capital privado cuyo enorme poder no se puede controlar con eficacia incluso en una sociedad organizada políticamente de forma democrática.

Esto es así porque los miembros de los cuerpos legislativos son seleccionados por los partidos políticos, financiados en gran parte o influidos de otra manera por los capitalistas privados quienes, para todos los propósitos prácticos, separan al electorado de la legislatura. La consecuencia es que los representantes del pueblo de hecho no protegen suficientemente los intereses de los grupos no privilegiados de la población. Por otra parte, bajo las condiciones existentes, los capitalistas privados inevitablemente controlan, directa o indirectamente, las fuentes principales de información (prensa, radio, educación). Es así extremadamente difícil, y de hecho en la mayoría de los casos absolutamente imposible, para el ciudadano individual obtener conclusiones objetivas y hacer un uso inteligente de sus derechos políticos.

La situación que prevalece en una economía basada en la propiedad privada del capital está así caracterizada en lo principal:

primero, los medios de la producción (capital) son poseídos de forma privada y los propietarios disponen de ellos como lo consideran oportuno; en segundo lugar, el contrato de trabajo es libre. Por supuesto, no existe una sociedad capitalista pura en este sentido.

En particular, debe notarse que los trabajadores, a través de luchas políticas largas y amargas, han tenido éxito en asegurar una forma algo mejorada de «contrato de trabajo libre» para ciertas categorías de trabajadores. Pero tomada en su conjunto, la economía actual no se diferencia mucho de capitalismo «puro». La producción está orientada hacia el beneficio, no hacia el uso. No está garantizado que todos los que tienen capacidad y quieran trabajar puedan encontrar empleo; existe casi siempre un «ejército de parados». El trabajador está constantemente atemorizado con perder su trabajo. Desde que parados y trabajadores mal pagados no proporcionan un mercado rentable, la producción de los bienes de consumo está restringida, y la consecuencia es una gran privación. El progreso tecnológico produce con frecuencia más desempleo en vez de facilitar la carga del trabajo para todos. La motivación del beneficio, conjuntamente con la competencia entre capitalistas, es responsable de una inestabilidad en la acumulación y en la utilización del capital que conduce a depresiones cada vez más severas. La competencia ilimitada conduce a un desperdicio enorme de trabajo, y a esa amputación de la conciencia social de los individuos que mencioné antes.

Considero esta mutilación de los individuos el peor mal del capitalismo. Nuestro sistema educativo entero sufre de este mal. Se inculca una actitud competitiva exagerada al estudiante, que es entrenado para adorar el éxito codicioso como preparación para su carrera futura.

Estoy convencido de que hay solamente un camino para eliminar estos graves males: el establecimiento de una economía socialista, acompañado por un sistema educativo orientado hacia metas sociales.

En una economía así, los medios de producción son poseídos por la sociedad y utilizados de una forma planificada. Una economía planificada que ajuste la producción a las necesidades de la comunidad, distribuiría el trabajo a realizar entre todos los capacitados para trabajar y garantizaría un sustento a cada hombre, mujer, y niño. La educación del individuo, además de promover sus propias capacidades naturales, procuraría desarrollar en él un sentido de la responsabilidad para sus compañeros-hombres en lugar de la glorificación del poder y del éxito que se da en nuestra sociedad actual.

Sin embargo, es necesario recordar que una economía planificada no es todavía socialismo.

Una economía planificada puede estar acompañada de la completa esclavitud del individuo.

La realización del socialismo requiere solucionar algunos problemas sociopolíticos extremadamente difíciles:

¿cómo es posible, con una centralización de gran envergadura del poder político y económico, evitar que la burocracia llegue a ser todopoderosa y arrogante? ¿Cómo pueden estar protegidos los derechos del individuo y cómo asegurar un contrapeso democrático al poder de la burocracia?


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